A recordar

15 de noviembre de 2017

II. Los 100 años de la revolución desde los oprimidos y su vigencia.

La actualidad de la Revolución
28 de octubre de 2017

Por Renán Vega Cantor  (Editorial de la Revista CEPA)
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En noviembre de 2017 se cumple el primer centenario de la revolución rusa, que sacudió al mundo entero y cuyos efectos transformaron la historia de la humanidad. Con motivo de este acontecimiento es necesario reflexionar sobre la actualidad de la revolución anticapitalista.
El vocablo revolución se originó en la astronomía, del latín “revolutio”, y significa el movimiento de los astros en torno a su eje en forma mecánica, monótona y siempre igual. El término en su sentido socialista quiere decir lo contrario: el cambio radical de la civilización capitalista, para interrumpir abruptamente la inercia de la explotación, la desigualdad y la injusticia.
Después de 1917, la revolución fue asociada a la modificación del modo de producción capitalista, puesto que la llegada de los bolcheviques al poder en la Rusia zarista se planteó a partir de un proyecto anticapitalista y de la instauración de una nueva forma de organización social.
La experiencia rusa nutrió luchas anticapitalistas en los cinco continentes. Los grandes acontecimientos del corto siglo XX (1914-1991) están ligados en forma directa o indirecta al impacto de la Revolución Rusa, o, dicho de una forma más contundente, al miedo que generó entre las clases dominantes y a las esperanzas que suscitó entre los explotados y desvalidos. Sin ese doble impacto es imposible entender el efecto de la Revolución Rusa. Al miedo está asociado el anticomunismo, el fascismo, las dictaduras criminales de extrema derecha, la tortura y la defensa del “mundo libre” por parte del imperialismo estadounidense y sus siervos. Al miedo está vinculado el diseño del Estado de Bienestar que, después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, se construyó en ciertos países de Europa para evitar la revolución. Por eso, en Europa occidental se decía, en son de broma, que cada misil exitoso que se probaba en la URSS implicaba el aumento automático del salario de los trabajadores de ese continente.
Ese miedo rebotó en la propia Rusia, y luego en la URSS, desde el “comunismo de guerra” y la guerra civil (1917-1921) que ensangrentó a la naciente revolución y dejó una huella permanente durante toda la historia de la URSS, hasta su vergonzosa disolución en 1991. Ese miedo ayuda a entender, aunque no es desde luego la única razón, la creciente burocratización, la lógica policial, la represión y persecución de los contradictores políticos, el estado de excepción permanente, que impidieron que en la URSS se consolidara un sistema socialista y, a la larga, daría al traste con este primer proyecto anticapitalista.
En cuanto a la esperanza se refiere, la Revolución Rusa abrió el camino a grandes transformaciones en el siglo XX en la que se destacan el ciclo de revoluciones en diversos países (China, Cuba, Vietnam, Nicaragua…) y los movimientos anticoloniales y de liberación nacional. La recepción de Revolución Rusa impulsó luchas de trabajadores, campesinos y sectores plebeyos en repetidas ocasiones desde finales de la década de 1910, impulsando conquistas sociales y democráticas en diversos lugares. En ese sentido, la revolución de octubre inauguró un nuevo continente en la historia de la humanidad: el de la igualdad, algo que no había planteado en el terreno práctico la Revolución Francesa de 1789, aunque esa palabra figurara en su eslogan más famoso: “Libertad, igualdad, fraternidad”. En 1917 se plantea por primera vez un programa conducente a alcanzar la igualdad, y ese objetivo fue un extraordinario incentivo movilizador de los pobres y trabajadores, como se observa con la historia del movimiento obrero y socialista mundial.

Como al final se impusieron los propagadores del miedo y no de la esperanza, en la memoria de la humanidad ha quedado la interpretación sesgada y unilateral de los ganadores (representados en el capitalismo), que dice que el proyecto socialista sólo es una suma de crímenes y fracasos, queriendo borrar de la memoria colectiva de la humanidad las luchas anticapitalistas.
La dramática y contradictoria historia del proyecto socialista y revolucionario en el siglo XX, podría describirse con las palabras del escritor inglés Charles Dickens: “Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto”.
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Entre 1989 y 1991 se derrumbó el socialismo burocrático que se había erigido en la URSS y en Europa oriental. Como resultado de ese proceso se anunció el fin de la historia y se proclamó que el capitalismo había salido ganador por la pretendida superioridad intrínseca de la “economía de mercado” y se empezó a presentar como sinónimo de democracia parlamentaria, a la usanza de los Estados Unidos. Lo que vino enseguida, y se ha prolongado en sus rasgos dominantes hasta el día de hoy, fue el desmantelamiento de las conquistas sociales que tenían los trabajadores y habitantes de la URSS y los países de socialismo burocrático, lo que significó la privatización de las propiedades públicas, la mercantilización generalizada, la corrupción rampante y la conversión de esos territorios en Repúblicas bananeras, plegadas a los dictámenes del capitalismo internacional.

La desaparición de la URSS no sólo vino acompañada de terribles retrocesos para los pueblos que habitan ese territorio, sino que sus efectos negativos se extendieron por el planeta entero, ya que el capitalismo en su versión neoliberal se impuso en los cinco continentes, arrasando con todo aquello relacionado con conquistas o logros sociales de la población y de los trabajadores.

El triunfo del capitalismo ha universalizado sus contradicciones y miserias, entre las cuales sobresale la desigualdad a escala interna de los países y en el plano mundial. Desaparecido el “enemigo comunista”, el capitalismo mundial se quitó la careta socialdemócrata que lo cubría, y se dio rienda suelta a una acumulación sin freno, que ha tenido como consecuencia alcanzar los parámetros más aberrantes de desigualdad y acelerar la destrucción de la naturaleza, como en ningún otro instante en la historia.

Por supuesto, tales no eran los anuncios del triunfante capitalismo en 1989 y 1991, pues en ese momento se predijo una época de prosperidad y esplendor para la humanidad entera, al entrar en la órbita de la producción y consumo capitalistas, y se vaticinó que la democracia a secas vendría como complemento a la imposición de la economía de mercado y se anunció una especie de paz perpetua tras la desaparición de la URSS. Nada de eso se ha producido. Hoy se ha generalizado la desigualdad, que es resultado de la explotación intensificada de la clase que vive del trabajo, en los nuevos países industrializados y las zonas de maquila y ensamblaje que se encuentran desperdigadas por la tierra.

En cuanto a la democracia nunca ha llegado en el sentido profundo del término y simplemente se impusieron las mal llamadas “elecciones libres”, muy al estilo estadounidense, sin que eso signifique cambios importantes para la vida de la población pobre y trabajadora, que sólo tiene libertad para escoger, cada cierto tiempo, a los verdugos que le van a cortar el cuello.
La paz perpetua se convirtió en la guerra permanente, auspiciada por los Estados Unidos desde 1989, cuando invadió sangrientamente a Panamá, dejando miles de muertos a su paso. En los últimos 28 años se han presentado más guerras de conquista y agresión por el imperialismo que las que se presentaron durante la Guerra Fría.

Esto en cuanto a las falsas promesas del “nuevo orden mundial”. Y las cosas se agravan al considerar la magnitud de la crisis civilizatoria por la que atravesamos, con la quiebra del modelo de civilización del capital. Uno de los síntomas de ese quiebre civilizatorio se evidencia con la destrucción de los ecosistemas, la sexta extinción de especies que está en marcha (la quinta fue hace sesenta millones de años), la contaminación de aguas, la deforestación y el “cambio climático”. En suma, el capitalismo pretende superar los límites naturales con el fin de garantizar un crecimiento infinito y una acumulación de capital exponencial, y con esa vana pretensión pone en peligro la supervivencia de la humanidad. 
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Pese a las contradicciones del capitalismo, sus defensores y apologistas han logrado imponer el ideologema de que el capitalismo es insuperable, es el fin de la historia, y sólo hay que saberse adaptar porque aquél forma parte de la naturaleza humana. Así las cosas, ya no hay cabida para la revolución, sino adaptación al capitalismo triunfante. Se ha dicho hasta el cansancio, por parte de diversos círculos ligados al orden del capital, que la revolución es un imposible, puesto que el capitalismo es insuperable y expresa la condición humana, pretendidamente egoísta, competitiva y depredadora y las experiencias revolucionarias en el siglo XX han demostrado el fracaso de un proyecto que intente ir más allá de la dominación del capital. Otros, ligados a diversas tendencias del pensamiento posmoderno, sostienen que la misma idea de revolución es inadecuada porque es un constructo moderno y eurocéntrico, que no sería válido ni aplicable en la actualidad, y porque además tendría una fuerte carga progresista.

Estos reparos eluden el problema de fondo: hay una relación social que se ha hecho dominante a nivel mundial, gústenos o no esa es otra cosa, en las últimas décadas: el capitalismo. Y esa relación social ha llegado hasta el último rincón del mundo periférico, como se muestra en las comunidades indígenas de nuestra América. Esa extensión ha ido acompañada de la generalización de sus características destructivas, de seres humanos y naturaleza. Y ese afán fáustico de acumulación y crecimiento irrefrenables ha puesto en peligro la existencia de la propia humanidad, empezando por los más pobres entre los pobres. Si así son las cosas, es un contrasentido suponer la continuidad indefinida del capitalismo, ya que junto con la explotación intensificada de hombres y mujeres, impulsa un incontenible desarrollo de las fuerzas productivas, convertidas en fuerzas destructivas, que nos conducen al abismo, como lo pone de presente el mal llamado cambio climático.

Un segundo aspecto que debe subrayarse radica en enfrentar los antivalores del capitalismo, que se han convertido en un nuevo sentido común, como si fueran una característica inherente a la naturaleza humana: la competencia, el egoísmo, el individualismo, el despilfarro, el desprecio por el dolor de otros seres humanos y animales, la desigualdad, la lucha desenfrenada por acumular y consumir, la prepotencia de alcanzar ganancias y presumir por el lujo y el consumo suntuario. Esto obliga a pensar en un cambio civilizatorio que vuelva a reivindicar los valores de la igualdad, de la fraternidad, de la ayuda mutua, de la solidaridad, del ser sobre el tener, de la frugalidad, del respeto por la naturaleza, de la desmercantilización… Y la lucha por estos valores humanos exige plantearse la urgencia de transformar la civilización capitalista.

En estas condiciones, la revolución es más actual y necesaria que en 1917. La revolución no es un sueño, puesto que se apoya en las contradicciones internas del capitalismo, en la lucha de clases que se desenvuelven en su seno, en los intereses de los oprimidos, en la destrucción ambiental que destruye las condiciones naturales y en la demostración práctica de que el capitalismo produce una desigualdad insoportable que genera opulencia y despilfarro para una exigua minoría, mientras arrasa con pueblos y ecosistemas a una escala nunca antes vista en la historia.

Aquí cobra una impresionante actualidad la noción de revolución del pensador alemán Walter Benjamin, cuando proclamó que las revoluciones son antiprogresistas porque rompen en la práctica con la ilusión de un progreso ascendente, lineal y acumulativo, y haya sostenido:Marx había dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero quizás las cosas se presentan de otra manera. Puede ser que las revoluciones sean la mano con la que la humanidad acciona los frenos de emergencia”. Hoy es necesaria la revolución para detener la catástrofe planetaria que genera el capitalismo, que destruye lo que encuentra a su paso -hombres, mujeres, niños, animales, bienes naturales-, a nombre de un idolatrado progreso tecnológico, el cual se sustenta en la búsqueda de ganancias para una minoría y en la generalización de la explotación de los trabajadores.
El socialismo debe ser arrancado de la mitología del progreso y de una visión teleológica de la historia.

En esa medida es una posibilidad y una imperiosa ruptura para la humanidad, pero eso no quiere decir que sea ineluctable. Es una necesidad social, ecológica y moral, una búsqueda racional, una utopía concreta que fundamenta nuestras luchas y nuestra razón de existir. Hay que seguir luchando aunque el enemigo haya vencido, como decía Bertolt Brecht.

Las revoluciones del siglo XXI serán distintas a las del siglo XX, porque ellas deben incorporar tanto los clásicos problemas generados por el capitalismo, sustentados en la contradicción capital-trabajo, como en los nuevos problemas, entre los que sobresalen la destrucción de la naturaleza y el predominio del patriarcado. Y en esta lucha son importantes tanto el pasado como el futuro. El pasado para recuperar la memoria de las luchas de los oprimidos de todos los tiempos, entre ellos los revolucionarios del siglo XX que lucharon por instaurar un orden anticapitalista. El futuro es abierto e impredecible, como impredecibles serán las revoluciones que se sucedan. Para cerrar, resulta adecuado hoy recordar las palabras de Voltaire, que tras el terremoto de Lisboa en 1755, afirmó: “Decir que todo está bien, tomado en un sentido absoluto y sin la esperanza de un futuro, no es más que un insulto a los dolores de nuestra vida”. Algo aplicable al mundo de hoy, donde solo un cínico puede sostener que todo va bien, con el capitalismo realmente existente, cuando lo único claro es que si las cosas siguen como van, al final nos espera el precipicio, salvo que los oprimidos del mundo digan basta ya e inicien la construcción de un nuevo orden civilizatorio que vaya más allá del dominio del capital.
Editorial de la Revista CEPA, No. 25, 2017, publicada en Bogotá.


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I. Los 100 años de la revolución desde los oprimidos y su vigencia.



 Revolución de Octubre, 
ascenso de los oprimidos
11 de noviembre de 2017
Por Yahir Contreras (Rebelión)
La verdad es siempre revolucionaria. Lenin
La más profunda transformación social en la historia de la humanidad acaeció hace cien años en Rusia. Triunfó en octubre de 1917, pero en estricto se celebra el 7 de noviembre a causa de la diferencia de días entre los calendarios juliano y gregoriano.
En Rusia nació la primera experiencia de una sociedad conducida por los de abajo con un sentido colectivo, socialista. Desde la Revolución Francesa de 1789 la sociedad no se había impactado en semejante magnitud. En París nació la sociedad conducida por la burguesía y se rompió el dique feudal en pos del capitalismo que perdura hasta nuestros días.
Con la Revolución de Octubre, por primera vez en la historia, los oprimidos asumieron el poder político conducidos por los revolucionarios dirigidos por Vladimir Ilich Ulianov, conocido en la historia como Lenin. Los oprimidos derrocaron el gobierno provisional que había apoderado del poder luego de defenestrar al zarismo. Los Soviets de obreros, soldados y campesinos asumieron todo el poder el 7 de noviembre (25 de octubre) bajo la conducción de los bolcheviques. La insurrección popular triunfó rápidamente después de la intentona de febrero de ese año, que llevó al gobierno provisional a diversos actores vacilantes que querían avanzar sin rupturas, conciliando con los reaccionarios de los partidos burgueses. Los revolucionarios rusos asumieron la tarea de dirección y con la alianza obrero-campesina hicieron realidad su consigna: ¡Todo el Poder a los Soviets!
La tarea revolucionaria era titánica: construir un orden nuevo, el socialismo, que vislumbraba alcanzar la igualdad social como lo preconizaron Marx y Engels unas décadas antes. Rusia era un país atrasado, feudal, con incipiente capitalismo, en guerra con Europa y Asia, el zarismo estaba en crisis y la revolución alcanzo tierra fértil. La burguesía europea -Alemania en particular y las vetustas monarquías-, se aterrorizaron de saber que en Rusia se empezaba a construir un orden nuevo, socialista, que cuestionaba su poderío, que derruía el sistema capitalista con la clase obrera al frente, hombro a hombro con soldados y campesinos. La reacción no se hizo esperar y todos los regímenes europeos se aliaron para sabotear la nueva Rusia y desataron la guerra civil en la periferia con la creación del Ejército blanco para intentar retomar el poder soviético sustentado y defendido por el Ejército Rojo. Los primero años fueron intensos de conmoción social, de avances y retrocesos, de intentonas contrarrevolucionarias. Paz, pan y tierra era la consigna del poder soviético para satisfacer a la masa obrero-campesina que se había tomado, al fin, el poder.
Los primeros decretos del gobierno soviético vislumbraban la revolución: se ordenó el horario laboral de ocho horas, se garantizó la propiedad de la tierra para los campesinos, se declaró obtener la paz con Alemania, se inició el plan de alfabetizar a toda la población, se consagraron los derechos de los pueblo de Rusia y del derrocado imperio zarista bajo el principio de la autodeterminación, se promulgó la igualdad legal de los sexos, se sustituyeron los entes de justicia por nuevos bajo directrices revolucionarias, se abolieron los títulos y rangos sociales, se separó la iglesia del Estado, se expropiaron los bienes de las iglesias y pasaron a manos estatales, así como la educación en general. Se dotó de vivienda a los desposeídos de las ciudades. Se nacionalizaron las industrias y los bancos, se desconoció la deuda contraída por el zarismo. Un mundo nuevo había nacido: se consumó una revolución democrático-burguesa pero dirigida por revolucionarios que tenían en mente construir la utopía en este mundo, erigir a la brevedad una nueva sociedad: el socialismo. La nueva Constitución consagró en 1918 el nuevo orden: por primera vez en la historia los oprimidos gobernaban un país y asumían el control de las instituciones y del poder en la República Socialista Federativa Soviética de Rusia.
La genialidad de Lenin trazó el derrotero, la continuidad de la revolución: el sistema capitalista es un hueso duro de roer y la economía es un serio problema: socializar la agricultura, la producción industrial, la pequeña producción era un paso que requería de método para no colapsar. Para ello, el líder trazó la Nueva Economía Política (NEP) que permitiera una transición de la producción neta capitalista y feudal a una socialista. Durante esos años, hasta la muerte de Lenin en 1924, la tarea fue cumplida y se sentaron las bases del socialismo, tarea que se emprendió bajo los planes quinquenales, que planificaron desde el Estado toda actividad económica estratégica. En 1922 se había fundado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que resolvía la relación entre naciones disímiles en una asociación que perduró hasta 1991 con la disolución de la URSS y la restauración del capitalismo.
Durante la década de los 20 y 30 la Unión Soviética cimentó una producción industrial conducida por el Estado, se modernizó la agricultura bajo las cooperativas campesinas (koljoses) y la producción agrícola del Estado (sovjoses). En el ámbito político, la ausencia de Lenin desató intensas polémicas que terminaron con la ruptura entre dos alas dirigidas por Trotski y Stalin, respectivamente. Pese a los juicios tendenciosos que distorsionan la historia (los errores de Stalin, la persecución de este a Trotski, las purgas intra-partidistas, los excesos de la colectivización forzada) el gran logro es innegable e imborrable: la Unión Soviética se convirtió en una potencia política, económica y militar que jugó su decisivo papel en la Segunda Guerra Mundial, la Gran Guerra Patria. Sin la URSS la derrota de la Alemania nazi y los fascistas europeos hubiera sido muy difícil. La historia que se cuenta en estos tiempos pretende dar a Estados Unidos la victoria que el Ejército Rojo labró desde su resistencia por la incursión militar nazi que llegó a las puertas de Moscú, hasta la toma de Berlín por tropas soviéticas el mayo de 1945.
La Revolución Rusa de 1917 marcó la humanidad para siempre: pese a las derrotas de la revolución acaecidas en Europa y diversos países del orbe a lo largo del siglo XX, un mundo sin capitalismo es posible, un mundo gobernado por los oprimidos es posible . La penetración de la ofensiva ideológica desde la última década de la centuria pasada y lo que va del siglo XXI, pretende hacer creer que el neoliberalismo capitalista es invencible y que no hay esperanza. Los caminos de la historia nunca se vieron libres de obstáculos y derrotas de las causas más nobles. El futuro de la humanidad pende de un hilo sostenido por el Capital, que fiel a su esencia pretende vendernos la idea de su triunfo definitivo.
Estamos al borde de la desaparición de la humanidad y la civilización por las desgracias capitalistas: destrucción acelerada del medio ambiente por la explotación despiadada de la tierra y todos los recursos naturales no renovables, desigualdad social incontenible que se denota en la periferia y en las metrópolis, pauperización de grandes masas de población mundial de siete mil 600 millones de habitantes, migración desesperada a Europa, entre otra desgracias. Y al frente, desde el poder, a nivel mundial y en la mayoría de países, una clase minoritaria, la burguesía que manda desde los centros imperiales y tiene sus vasallos en cada país colonizado o recolonizado.
La Gran Revolución de Octubre, a un centenario de su triunfo, es un faro que aún marca el derrotero. Ni los medios y la clase dominante pueden ignorarla: se preocupan por academizarla y presentarla como el pasado que no volverá, como su pesadilla que ya pasó. El siglo XXI alberga esperanzas como Cuba y Venezuela y varios gobiernos progresistas en Nuestra América. Nada es eterno es este mundo, la fuerza de los oprimidos se levantará como los Soviets de hace un siglo. La humanidad necesita nuevos rebeldes soviets o la inminente destrucción nos hundirá en la aniquilación. Lenin aún está presente con sus libros y su conducción. Los humildes, los de abajo, tienen que tomar la palabra antes de que sea demasiado tarde. La Revolución es necesaria antes que el sistema capitalista nos borre del universo para siempre.

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La revolución bolchevique 100 años después
11 de noviembre de 2017
Por Yazle A.Padrón Kunakbaeva (Rebelión)
En estos días, en que una hora nos parece mucho tiempo, cien años representan una cantidad de tiempo absurda. Toda la maquinaria de la industria cultural y la dinámica del mundo económico se conjugan para hacer que vivamos en un mundo de lo efímero y lo fugaz. Esto es verdad incluso en Cuba, donde se supone que deberíamos estar a salvo. Es por eso que cien años es algo cuya verdadera densidad ya casi no podemos experimentar. Cuando nos enteramos de que se cumplen cien años o doscientos de algo, es como si pasara un cometa: ocupa por un momento el cielo, extraño, venido de otro mundo, y luego desaparece. No resulta extraño, por tanto, que nos cueste trabajo reaccionar frente al centenario de la Revolución de Octubre.

Lo interesante, no obstante, es el estado de incomodidad ante la efeméride que existe entre los más diversos actores del escenario actual. Nadie sabe muy bien que hacer. Son muchos los que no quieren celebrarla, pero son incapaces de dejarla pasar en silencio. Los cien años de la Revolución de Octubre recuerdan el derrocamiento del absolutismo zarista y el surgimiento del primer estado socialista, una conmoción que sacudió los cimientos del mundo. Pero traen también a la memoria los horrores del estalinismo, la opresión de millones de personas en Europa del Este, etc. Se trata de una de esas fechas ante las que se hace necesario tomar una posición, decidir de qué lado se está.
 
La revolución de los bolcheviques pasó ya hace cien años. Puede parecer mucho tiempo, pero lo realmente sorprendente es que hayan pasado sólo cien años. Cuando uno piensa en cuanto ha cambiado el mundo desde 1917, parece que han pasado milenios. Las figuras de la revolución parecen provenir de un pasado mítico, de una época definitivamente perdida. En 1917 todavía era posible que la historia vibrara y explotara. Todavía eran posibles un Lenin de inteligencia y convicción titánicas, un Smolny atestado de bolcheviques y un Petrogrado rebelde, indómito. Todavía era posible, en fin, un asalto al palacio de invierno. Se creía, por aquellos días, en que sería posible construir una sociedad sin clases.

Frente a la grandeza de aquel acontecimiento y a los cien años transcurridos es necesario hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo fue posible que la hermosa locura revolucionaria de aquellos días se perdiera y diera a luz a un estado dictatorial e incluso sanguinario? ¿Cómo fue posible que el socialismo se corrompiera hasta el punto de convertirse en un peso muerto sobre la vida de los hombres, en una verdadera muestra de vida enajenada? El mismo pueblo ruso que inició la construcción del socialismo fue aquel que derrocó al estado soviético y abjuró de él. ¿Fue el socialismo siempre un error?

No hay ninguna evidencia de que el socialismo como horizonte social sea una opción errónea, sino todo lo contrario. Cada vez es más evidente que el capitalismo como sistema social es insostenible a largo plazo. En algún momento, el afán de hacer trabajar a otros para enriquecerse y la necesidad de trabajar para sobrevivir deben dejar de ser las principales motivaciones para producir. En su lugar, debe aparecer la voluntad de construir un mundo mejor como motor de la sociedad. De lo contrario, la especie humana se vería aplastada por las consecuencias de su propio desarrollo descontrolado. El socialismo, como modelo de una sociedad donde se cumplen de verdad los ideales de la ilustración francesa (igualdad, libertad, fraternidad), no ha dejado de ser un objetivo válido.

Tampoco puede decirse que fue un error intentar construir el socialismo durante el siglo XX. La evidencia muestra que sólo el socialismo pudo sacar a Rusia del atraso y convertirla en un país industrializado. En general, en todos los países en los que hubo un proceso revolucionario verdadero, el socialismo generó condiciones de vida superiores a las que había con anterioridad. Además, de no haber existido la Unión Soviética, con su modelo de economía planificada, los países capitalistas no habrían realizado las reformas estructurales que les permitieron superar la crisis del liberalismo decimonónico y construir los estados de bienestar general. También los países capitalistas desarrollados tienen algo que agradecerle al socialismo del siglo XX.
 
El verdadero error está, como siempre, en los métodos. El gran discurso de los documentos teóricos no es la verdadera casa de la ideología de una sociedad. El método es la ideología. La manera en que los hombres hacen las cosas es lo que determina la manera en la que piensan, aunque digan otra cosa. Esta es la enseñanza primera del marxismo. Desgraciadamente, en los países del socialismo real, los métodos fueron autoritarios, basados en el ordeno y mando generalizado. Frente a ese proceder, el discurso de la democracia obrera tenía muy poco que decir.

Es cierto que resulta muy difícil para una sociedad desprenderse de los métodos autoritarios, sobre todo cuando estos vienen validados desde el mismo nivel del paradigma de racionalidad. La ciencia y la técnica moderna están constituidas para ser utilizadas por élites empresariales y tecnocráticas. El socialismo, en cambio, exigiría el desarrollo de una democracia cognitiva como fundamento de la democracia política. Este cambio de paradigma, evidentemente, es poco factible ahora mismo (mucho menos hace cien años), pero no por ello resulta menos necesario.

Los sistemas del socialismo real chocaron con la dificultad ontológica de construir relaciones sociales no autoritarias y se rindieron pronto. Se conformaron con eliminar la propiedad privada, sin eliminar la gestión tecnocrática de los recursos económicos. A partir de ahí, sólo fue cuestión de tiempo que la corrupción autoritaria se adueñara de todos los aspectos de la vida.

Ni la revolución ni el socialismo fueron un error: más bien se trató de un salto a lo desconocido que, como suele pasar, terminó mal a la larga. Lo imperdonable sería que nosotros no aprendiéramos nada de lo que ha pasado en estos cien años y continuáramos cometiendo los mismos errores.

¡Viva la Gran Revolución Socialista de Octubre!

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Quienes son importante expresión del pensamiento crítico de la izquierda latinoamericana posibilitaron la gobernabilidad para el avance extraordinario de la acumulación oligopólica y la transnacionalización durante más de una década.


Los intelectuales “progresistas” 

y la deuda externa:

comentarios sobre un artículo de Emir Sader

26 de junio de 2014



Tras varios años de permanecer oculta debajo de la alfombra, la cuestión de la deuda externa volvió al centro de la escena política nacional. El reciente fallo del juez Griesa, favorable a los fondos buitre, mostró en toda su dimensión el fracaso de la política kirchnerista en esta área.
En criollo: el kirchnerismo pagó deuda externa como ningún otro gobierno argentino. Realizó dos reestructuraciones de la deuda, con supuestas “quitas” sobre el capital adeudado (amortiguadas por los beneficios que otorgó a los ahorristas el cupón atado al crecimiento del PBI). Concedió a Repsol una jugosa indemnización por la expropiación de YPF. Acordó pagar al Club de París la totalidad de la deuda, en un monto mayor al reconocido por el Ministerio de Economía de nuestro país y en un plazo menor al que dicho Club concede a los deudores. No en balde la presidenta Cristina Fernández definió a su gobierno como “pagadores seriales”. Ahora bien, todo este esfuerzo resultó inútil, por lo menos desde el punto de vista de los trabajadores argentinos. En el período que va desde el 2004 hasta el 2014 el monto de la deuda externa argentina siguió incrementándose. Así, a finales de 2013 alcanzó la cifra de 202 mil millones de dólares. Pongamos esta cifra en perspectiva: en 1976, la deuda externa era de 8500 millones de dólares; al terminar la dictadura, en 1983, ascendía a 44 mil millones; en 1989, era de 65 mil millones; en el gobierno de Duhalde (2003-2004), llego a los 176 mil millones.
Entre el gobierno de Duhalde y finales de 2013, la deuda externa argentina se incrementó en 26 mil millones de dólares. En el mismo período y según cifras proporcionadas por Cristina Fernández, Argentina pagó 173 mil millones de dólares a los acreedores externos.
O sea, en 10 años pagamos un monto casi equivalente a la totalidad de la deuda externa durante el gobierno de Duhalde. Pero hoy debemos 26 mil millones de dólares más. Sin comentarios…
Hoy, después de 10 años de pago desenfrenado a los acreedores externos, algunos  datos muestran la otra cara de la deuda: el 35 % de los trabajadores se encuentran precarizados; un 25 % de la población está en la pobreza; la mayor parte de los jubilados cobran haberes miserables. Y siguen las firmas. Todo eso en el marco de altas tasas de crecimiento económico durante la mayor parte de esa década.
A pesar de lo anterior, numerosos intelectuales afirman que la Argentina vivió una etapa de “revolución cultural” y/o de transformaciones que favorecieron a los sectores populares. En este sentido, el proceso kirchnerista es puesto en pie de igualdad con otros procesos latinoamericanos, en el marco de una especie de epopeya antiimperialista y antimonopolista.
Emir Sader, sociólogo brasileño, expresa cabalmente la posición expuesta en el párrafo anterior. Basta leer su artículo “"Contraofensiva de la derecha internacional"”, publicado en la edición del lunes 24 de junio del periódico Página/12.
Sader sostiene que el fallo del juez Griesa se inscribe en el contexto de una contraofensiva general de la “derecha internacional” contra los gobiernos “progresistas” latinoamericanos que desafiaron el Consenso de Washington. Las cifras sobre la situación social en Argentina permiten poner en duda la caracterización de “progresista” para el kirchnerismo. Las ganancias obtenidas por las corporaciones transnacionales en América Latina también permiten poner en duda el carácter “progresista” del conjunto de esos gobiernos. Salvo que, por supuesto, se entienda por “progresista” una política tendiente a asegurar las ganancias del capital.
Sader define así la política de los países “progresistas” de América Latina:
“…los países latinoamericanos que siguieron creciendo y distribuyendo renta, disminuyendo la desigualdad que aumenta exponencialmente en el centro del sistema, son un factor de perturbación, son la prueba concreta de que otra forma de enfrentar la crisis es posible. Que se puede distribuir renta, recuperar el rol activo del Estado, apoyarse en los países del Sur del mundo y resistir a la crisis.”
Como ya señalé, los datos de la situación argentina permiten afirmar que Sader está equivocado, por lo menos en lo que hace a nuestro país. Sigamos adelante. Sader sostiene que la contraofensiva de la derecha va dirigida contra la estrategia adoptada por Argentina en el tema de la deuda. Según él, dicha estrategia fue exitosa y constituye un ejemplo para otros países:
“La formidable arquitectura de renegociación de la deuda argentina nunca fue asimilada por ellos. Quieren que sea un mal ejemplo para Grecia, Portugal, España, Egipto, Ucrania y tantos otros países aprisionados en las trampas del FMI. Tienen que demostrar que los dictados de la dictadura del capital especulativo son ineludibles.”
Resulta difícil de entender cómo una estrategia que se tradujo en un aumento del monto de la deuda, luego de una década de pago desenfrenado, pueda concebirse como un éxito y un ejemplo.
Sader identifica al “capital especulativo” como el enemigo de Argentina y de los países “progresistas” latinoamericanos en general. En sus palabras:
“La nueva ofensiva en contra de Argentina tiene que ser contestada por todos los gobiernos latinoamericanos que son, en distintos niveles, igualmente víctimas del capital especulativo, que se resiste a reciclar las inversiones productivas que necesitamos. Es hora de que los gobiernos de los otros países de la región no sólo acompañen a las misiones argentinas, sino que también asuman la disposición de imponer impuestos a la libre circulación del capital financiero. Una medida indispensable, urgente, que sólo puede ser asumida por un conjunto de países en forma de unidad.”
Siempre limitándome al análisis del caso argentino, cabe decir dos cosas para poner en entredicho el argumento de Sader: a) el año pasado, el sector que obtuvo mayores ganancias en el 2013 fue el de los bancos; b) entre 2007-2012 se produjo una fuga de capitales estimada en 80 mil millones hasta el cepo cambiario. En otras palabras, durante la década kirchnerista el llamado capital financiero (o especulativo, si se prefiere) recibió un trato preferencial, permitiendo que acumulara importantes ganancias y tuviera los dólares necesarios para fugar al exterior.
Pero la cuestión del capital especulativo es mucho más compleja del planteo que hace Sader. En una economía capitalista el trabajo es el creador de valor. Esto ya es sabido desde los tiempos de Adam Smith. Por tanto, el capital aplicado a la producción es quien genera el plusvalor que se reparte el conjunto de los capitalistas. En otras palabras, sólo la producción genera el valor que puede repartirse entre las distintas fracciones del capital. El dinero no crea dinero. En otros términos, el capital financiero no crea valor; por tanto, depende para su existencia del capital productivo. Además, y esto ya era sabido en los tiempos de Lenin, capital industrial, capital comercial y capital bancario se hayan estrechamente entrelazados. Por último, capitalismo y afán de ganancias van de la mano. Acusar de “especulativo” a un capital por buscar mayores ganancias carece de sentido en una economía capitalista.
¿Por qué Sader insiste entonces con la cantinela del “capital especulativo?
En 2002, bajo la presidencia de Eduardo Duhalde, se inició una recomposición del capitalismo argentino luego de la liquidación de la Convertibilidad en diciembre de 2001. Esa recomposición, basada en la devaluación, los bajos salarios, la utilización de la capacidad ociosa luego de largos años de recesión y la exportación de productos primarios, fue continuada por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Esta última reconoció en un discurso que los empresarios “la levantaron con pala”, aludiendo a las enormes ganancias de los capitalistas durante el período iniciado en 2003. No hay dudas, pues, sobre el carácter capitalista del kirchnerismo.
Aquí corresponde hablar de Sader y su caracterización de la situación argentina. No hace falta mucho esfuerzo para comprobar que esta caracterización es totalmente equivocada. Pero Sader representa un tipo de intelectual aferrado a los gobiernos de América Latina. Se trata de ex izquierdistas, muchos de ellos ex marxistas, que aceptan al capitalismo como un fenómeno natural. Para ellos la revolución socialista es una utopía inalcanzable, la clase obrera dejó de existir subsumida en un mar de identidades y la explotación es un concepto perimido que no da cuenta de las nuevas realidades del capitalismo. Cuando se los apura, muestran serias dificultades para demostrar la verdad de los asertos mencionados. Pero eso carece de importancia, pues aceptar el capitalismo les permite medrar al calor de la expansión del Estado (léase, para ellos, aumento de las posibilidades de obtener un empleo rentable en el Estado). A cambio de su aceptación del capitalismo, ellos obtienen cargos públicos, proporcionando un matiz “progresista” y/o “rebelde” a los Estados que llevan adelante la recomposición capitalista.
El mercado de intelectuales es muy competitivo en sociedades donde hay un importante desarrollo del sistema universitario. Entonces, los intelectuales “progresistas” enfrentan el problema de cómo distinguirse del resto (por ejemplo, de los intelectuales liberales) y poder venderse así en condiciones más ventajosas. La respuesta está contenida en el artículo de Sader que estoy comentando. Frente a los liberales, que defienden al capitalismo en bloque, los intelectuales “progresistas” se presentan como rebeldes al combatir de palabra al capitalismo “especulativo”. Para ellos, el capitalismo es bueno, lo malo son sus contradicciones (Marx dijo esto hace muchísimo tiempo, refiriéndose a Proudhon); esas contradicciones encarnan en el capital “especulativo”, que impide el crecimiento de los pueblos. De este modo, y en el marco de una recomposición del capitalismo latinoamericano, que pretende alejarse discursivamente del neoliberalismo, el intelectual “progresista” suma puntos y entra a medrar en el aparato estatal.
No cabe la menor duda de la sinceridad de Sader. Sólo que se trata de una sinceridad respecto a los intereses del grupo de intelectuales con que se identifica. Por eso hay tan poco de realidad argentina en su artículo, si se me permite la expresión.
NOTA: Como en todos mis escritos, no se encuentra nada original en el presente artículo. Por eso quiero mencionar mi deuda con el profesor Rolando Astarita, de cuyo artículo"Después del Club de París, fondos buitres" tomé los datos cuantitativos referentes a la deuda externa argentina.

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9 de octubre de 2017

El Che está en comprender que " esa víctima indígena se me parece. Hasta tanto no podamos sentir el dolor de esas comunidades como propio, hasta tanto no nos conmueva cada conflicto y cada represión, el proceso social genocida sigue vigente".

Gendarmería, muerte y silencio: A 70 años de la Masacre de Rincón Bomba

8 de octubre de 2017

El 10 de octubre de 1947, cientos de indígenas pilagá fueron asesinados en un paraje cercano a Las Lomitas, Formosa. Los persiguieron, violaron, fusilaron, apilaron y quemaron. No era ni la primera ni la última vez que la Gendarmería protagonizaba una represión indígena. Pero el “problema” es siempre el mismo: la concentración pública de sujetos indígenas es una invitación a la represión.Por Luciana Mignoli | Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina.

“Les dimos corchazos para que tengan", celebra un gendarme. Otro, tira piedras. El otro, esconde un hacha. Y otros, quizás, un cuerpo. Escenas que infunden terror pero que están muy lejos de ser inaugurales o casuales.
La desaparición forzada de Santiago Maldonado durante la feroz represión en el territorio mapuche del Pu Lof en Resistencia en Cushamen, Chubut, puso en primer plano la violenta relación de la Gendarmería Nacional con las comunidades indígenas.
Una violencia que se inscribe en un continuo histórico en donde la reunión de sujetos indígenas en el espacio público reactiva rápidamente la necesidad de poner punto final al “malón”. Esa fue una de las justificaciones históricas que se esgrimieron para fundamentar la violenta anexión de territorios indígenas a través de las avanzadas cívico-militares conocidas como “Campañas al Desierto”. Un despliegue enorme de mecanismos represivos que impactan sobre los cuerpos y los territorios indígenas que vienen aprehendidos y sostenidos desde el siglo XIX.
La Gendarmería Nacional protagonizó distintas represiones indígenas a lo largo de la historia. En 1924, una protesta indígena por las condiciones de hacimiento en la Reducción de Napalpí fue reprimida por la policía del Territorio Nacional del Chaco y por el Regimiento de Gendarmería de Línea (luego reconvertido Gendarmería Nacional) dejando un saldo de cientos de indígenas qom y mocoví asesinados.
En la actualidad, se puede mencionar -entre muchas otras y en distintos lugares del país- la voraz represión sobre la Comunidad Potae Napocna Navogoh, La Primavera, Formosa, que en 2010 se encargó de “liberar” la Ruta Provincial Nº 86. Allí -al igual que hace dos meses en Cushamen- la comunidad qom sostenía un corte la ruta en defensa de su territorio y sus derechos. La avanzada de la Gendarmería junto a la policía formoseña terminó con el asesinato del anciano qom Roberto López, varias viviendas incendiadas y ocultamiento de la documentación luego de la represión.
En Napalpí, Potae Napocna Navogoh o Cushamen, los y las indígenas se habían reunido. Y el delito es reunirse. Cambian las fechas y el color político del gobierno de turno. Pero los imaginarios que se actualizan en las fuerzas represivas del Estado permanecen intactos: La concentración pública de sujetos indígenas es leída como una invitación a la represión sobre esos cuerpos. Y eso fue lo que pasó hace 70 años en Formosa, en una de las masacres más silenciadas de la historia argentina.

La Bomba

Tonkiet era un hombre que -según los ancianos sobrevivientes- “sanaba con su palabra”. Su llegada a fines de septiembre de 1947 a un paraje llamado La Bomba, cercano a Las Lomitas, circuló rápidamente por el montaraz paisaje formoseño.
Ese era su legítimo nombre en lengua pilagá, aunque luego fue conocido por su nombre español: Luciano Córdoba. Y en torno a él, cientos de familias se congregaron para participar de un encuentro sagrado. Con el correr de los días, fueron cientos o quizá miles de personas quienes se reunieron a orilla del madrejón y formaron un solo cuerpo colectivo, ancestral y espiritual.
Dicen que el persistente sonido de tambores y alabanzas en lengua originaria se escuchaba a varios kilómetros de distancia. Y también dicen que la multitudinaria reunión fue leída como una amenaza para civiles y militares que vigilaban el entonces territorio nacional. La Gendarmería Nacional fue la que intimó a las familias a abandonar esa concentración espontánea.
Pero los caciques, ancianas y ancianos allí reunidos no se dispersaron: era una reunión sagrada, estaban en su territorio ancestral y entendían que no significaban amenaza alguna.
Sin mediar ningún intento de entendimiento, la negación fue rápidamente asumida como un acto de rebeldía. Y en la tarde del 10 de octubre de 1947, la Gendarmería Nacional desplegó toda la ferocidad de la violencia represiva del Estado. Su delito fue reunirse.
La emboscada fue fatal: por un lado, un avión con ametralladora perseguía desde el aire; mientras que la cacería por tierra abarcó distancias de más de cien kilómetros y varios días de persecución.
El minucioso y respetuoso documental “Octubre Pilagá. Relatos sobre el Silencio”, de Valeria Mapelman, recupera la memoria oral de los sobrevivientes y saca a la luz, entre otros, los delitos sexuales cometidos contra mujeres y niñas. La violencia de género en el marco de un proceso genocida entendida como mecanismo de tortura y silenciamiento.
Allí, también se recuerda en forma colectiva cómo fue ese proceso genocida que incluye matanzas, sometimiento, traslados forzosos y desmembramiento familiar, tal como se especifica en el concepto de genocidio que la Asamblea General de las Naciones Unidas elaboraría un año después de esta masacre para analizar los crímenes del nazismo.
Quienes lograron sobrevivir, fueron capturados por los gendarmes y enviados a trabajar en “reducciones indígenas” en condiciones de semiesclavitud y bajo el control de la misma Gendarmería Nacional que llevó adelante la masacre.

Morir sin justicia

Qadeite era una niña cuando comenzó la masacre. Aquel fatídico 10 de octubre de 1947 huyó junto a su madre y su pequeño hermano. Se escondió en el monte. Pasó hambre. Escuchó inmóvil el paso de las tropas que con una jauría a cuestas avanzaban por el territorio en busca de futuros fusilamientos.
A muchos “se los tragó el monte”. El hambre y las heridas los llevó a engrosar la cantidad de muertos. Nombres e historias que ni siquiera forman parte de un listado oficial. Nombres e historias que el Estado decidió deliberadamente ocultar. Víctimas de una maquinaria genocida que aún hoy no es reconocida.
Qadeite relataba que la encontraron junto a su familia y otro grupo de personas que también estaba escapando. Y luego los llevaron a las reducciones de Francisco Muñiz y Bartolomé de las Casas.
En esta última funcionó también el Internado para Niños José de San Martín, que manejaba un grupo de monjas y un capellán, institución destinada a impartir instrucción católica, disciplina y “pautas para el trabajo”. A sus ochenta y tantos años, Qadeite aún recordaba con angustia la imagen de su mamá forcejeando con las monjas para evitar que se llevaran a su hermanito.
“Cuando escapamos (de la Reducción) fuimos a lo de un señor que siembra algodón y ahí quedó toda la familia. Y ya después fuimos de un sembrado a otro. Toda la vida fue un peregrinar de un patrón de otro, de una cosecha a otro. Nunca más fuimos libres”.
Más de sesenta años después, eso contaba Qadeite a escasos kilómetros del epicentro de la matanza. Terreno donde no hace falta agudizar demasiado la visión para observar los pozos que indican las fosas comunes ni rasgar demasiado el polvo para que salgan a superficie los restos de las víctimas masacradas.
Una mujer tierna y valiente, que les cantaba a sus bisnietas mientras tejía sus yicas, que de a poco pudo recomponer los relatos del horror, y que tenía clarísima la ferocidad y la violencia de un Estado que nunca –ni siquiera- le pidió perdón.
Su hija, Noolé (o Cipriana Palomo, según el documento) es titular del Consejo de Mujeres de Federación de Comunidades Indígenas del Pueblo Pilagá, una organización que reúne distintas comunidades de la provincia de Formosa y logró el reconocimiento del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).
Qadeite falleció en septiembre de 2015, unos meses después de la partida de Setkoki´en(Melitón Dominguez), otro activo sobreviviente de la masacre.
El año pasado fue el turno de Salqoe (Pedro Palavecino), un anciano que siempre instaba a seguir en la lucha por la verdad y la justicia. “Falta seguir, porque muchos no saben. Y porque todavía duele”, decía.
Y hace un mes murió Ni´daciye (Solano Caballero) que en diciembre del año pasado llegó hasta la Ciudad de Buenos Aires desde su Formosa natal para dar testimonio.
“Tengo 97 años y no olvido. Yo no olvido esta causa. ¿Por qué? Porque ahí está la sangre, ahí están los huesos, ahí en la tierra. Este es mi dolor. No es chiquito. Es grande, está arriba este dolor para mí. Pero estoy contento de llegar acá, a ustedes. Pero la justicia tiene que ser grande, porque pasaron muchos años”.
En 2005, la Federación Pilagá denunció al Estado por esta masacre. Inició un juicio civil y otro penal. Los ancianos y ancianas sobrevivientes van muriendo en el olvido y sin respuestas del Estado.

Genocidios de segunda

Este 10 de octubre a las 17, la Federación realizará un acto por la conmemoración de los 70 años de esta masacre en la comunidad indígena de Oñedié, Ruta 28 Norte en intersección con la Ruta Nacional 81, Las Lomitas. Entre otras cosas, esa tarde se inaugurará un memorial en honor a las víctimas y sobrevivientes de la masacre, realizado por el artista plástico Ulises González, integrante de la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina.
¿Cuántos organismos de derechos humanos les mandarán sus adhesiones? ¿Cuántas figuras públicas acompañarán ese día al Pueblo Pilagá? ¿Cuántos medios de comunicación destinarán amplias coberturas a esta masacre impune? ¿En cuántas escuelas recordarán este hecho histórico? ¿Y por qué hay dolores que conmueven más que otros?
Porque hasta tanto no comprendamos que esa víctima indígena se me parece, hasta tanto no podamos sentir el dolor de esas comunidades como propio, hasta tanto no nos conmueva cada conflicto y cada represión, ese proceso social genocida sigue vigente.
Un genocidio indígena sobre el cual se constituyó este Estado Nación que cree haber “bajado de los barcos” y aún hoy sigue negando que sometió a la población originaria a campos de concentración, violaciones sistemáticas, reparto forzado, trabajo semiesclavo, separación familiar, expulsión de territorios, cambio de nombres, imposición de la religión católica y eliminación física.
Porque participamos -sin siquiera saberlo- de dinámicas de circulación de estos discursos que permitieron perpetrar un genocidio, que se sostuvieron a lo largo de los años y que, desde la desaparición forzada de Santiago Maldonado, han tenido un salto exponencial de racismo.
El genocidio no sólo opera a través de las fuerzas militares, sino que lo hace a través del discurso dominante, del sentido común, de los medios de comunicación, de los libros de historia, de los museos, de los actos escolares.
Reconocer, asumir y trabajar ese genocidio originario nos permitirá entender cómo se construyen y legitiman las demandas actuales; y por qué aún hoy la reunión de sujetos indígenas en el espacio público sigue permitiendo desplegar toda la fuerza de los aparatos represivos del Estado ante la latencia de un malón que siempre se actualiza.
Por eso, en el 70º aniversario de una de las masacres crueles del siglo XX, Qadeite, Salqoe,Setkoki´en, Ni´daciye y todo el Pueblo Pilagá merecen que nunca deje de exigirse memoria, verdad y justicia por las víctimas y sobrevivientes de Rincón Bomba.

Crédito de la imagen de portada: Fotografía publicada en el libro de Valeria Mapelman (2015), Octubre Pilagá. Memorias y archivos de la masacre de La Bomba, Buenos Aires: Tren En Movimiento Ediciones, tomada de El último alzamiento, Revista de Gendarmería Nacional (1992).
CONTACTOS PARA NOTAS: 
Noolé Palomo: 3718623642, Consejo de Mujeres 
Ángel Navarrete: 3715497145 (Whastapp), Consejo de Ancianos 
Bartolo Fernández: 3715488236, Consejo de Representantes 
Tomas Domínguez, teléfono 3718560854 (Whatsapp), Secretario de la Federación 
Para enviar adhesiones: federaciondelpueblopilaga@gmail.com

Fuente: http://www.anred.org/spip.php?article15188

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La derrota fatal del Che "revela los peligros de una acción internacionalista con una base nacional no asegurada ni articulada" y su permanencia "como la brújula de nuestros avatares por un mundo sin las ataduras de la explotación y dominación capitalistas".


Comandante Che Guevara: 
venero de vida y esperanza
9 de octubre de 2017

Por Gilberto López y Rivas (La Jornada)

El 9 de octubre, hace 50 años, un grupo de agentes de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos destacado en Bolivia y dirigido por el cubano-americano Félix Rodríguez, dio órdenes de asesinar al comandante Ernesto Guevara de la Serna en la modesta escuelita de Las Higueras, donde se encontraba prisionero. El hombre más buscado por los servicios de inteligencia y represión planetaria del imperialismo y por los comandos contrainsurgentes del ejército boliviano, fue condenado sumariamente a ser ejecutado y sus restos mortales enterrados en un sepulcro no identificado, encontrado tres décadas después, debido al terror que a sus enemigos inspiraba el Che Guevara, aún después de muerto. Los victimarios pretendían aniquilar su memoria y todo lo que él representaba. Inútil intento de verdugos y enterradores clandestinos: el Che al morir ya había vencido su propia muerte: el semillero de vida sin tacha de revolucionario había encontrado terreno fértil a lo largo y ancho de esa América, la Nuestra, que recorriera incansablemente. El soñador realista que renuncia a vivir la victoria revolucionaria, para empezar de nuevo; quien había asumido como forma de ser el mensaje martiano de que la mejor manera de decir, es hacer, no podía morir. Y esa inmortalidad radica en la fortaleza de su ejemplo, que cada mañana hace brotar de las bocas infantiles de la Cuba de Fidel el lema: ¡seremos como el Che!; en el reto de su consecuencia sin retórica ni doble código moral, que hace avergonzar al más cínico de los oportunistas de la izquierda institucionalizada.

Su vasta obra teórica-política, sus acciones dirigidas contra los enemigos de nuestros pueblos, han impulsado a generaciones de hombres y mujeres a luchar por un mundo mejor. Su entrega sin límites ni recibos de pago por los sacrificios brindados a la revolución; su absoluto desapego y desinterés hacía su persona; su radicalidad en los principios; su confianza en los pueblos; esa síntesis de pensamiento y acción puesta al servicio de una causa libertaria; hacen del Che un inagotable venero de vida y esperanza. También, el guerrillero heroico ha sobrevivido a los intentos de sus enemigos para desvirtuar sus objetivos de trasformación radical haciéndolo aparecer como mártir, aventurero o símbolo comercializando en playeras y carteles, despojado de su esencia definitoria: Guevara es un comunista convencido, un revolucionario latinoamericano que se impone una tarea concreta y terrenal: acabar con la explotación social, con la dominación imperialista, forjar un nuevo ser humano en una sociedad socialista. Estas fueron sus más firmes convicciones, sus propósitos enarbolados con modestia y determinación. Es necesario comprender estas coordenadas que guiaron su vida para continuar las luchas de liberación de nuestros pueblos. Sus ideas mantienen vigencia imprescindible para el análisis de la realidad del siglo XXI. Su trayectoria revolucionaria, su personalidad singular, su actuación como ministro y dirigente del Estado cubano, su paso por África y su prematura muerte en Bolivia constituyen una fuente de enseñanzas que orientan las luchas de resistencia a la recolonización neoliberal. A pesar del tiempo trascurrido desde su muerte hace 50 años, es evidente la contemporaneidad del Che. El comandante Guevara trasciende a sus asesinos y al odio de clase que despertó en los poderosos; a la desaparición de la Unión Soviética y el restablecimiento del capitalismo en la patria de Lenin, Europa del Este y China; a las interpretaciones maniqueas sobre su gesta y su persona de biógrafos y analistas supuestamente objetivos como Jorge Castañeda. El Che perdura en el tiempo por su posición crítica a las desviaciones burocráticas y autoritarias del socialismo real; por el apego estricto a la moral, la honestidad y la congruencia cuando desempeñó cargos en el gobierno revolucionario.

Uno de los ejes fundamentales que rigieron los destinos del Che fue el internacionalismo; rasgo esencial de la propia revolución cubana en la que se forma como dirigente y teórico de una visión del socialismo signada por una perspectiva ajena al localismo. Para el Che la construcción del socialismo tenía que ser en escala mundial, por lo que si el revolucionario se olvida del internacionalismo afirmaba: la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. Aquí surge un interrogante ineludible: ¿cómo compaginar la consolidación de un proceso revolucionario en el ámbito nacional con la exigencia internacionalista? En la ruta del Che tenemos que en sus tres experiencias revolucionarias hay una exitosa, la cubana, y –es necesario reconocer– dos fracasadas: el Congo y Bolivia. En Cuba triunfa la revolución porque constituye un proceso firmemente enraizado en la realidad nacional. El Movimiento 26 de Julio supo apropiarse de la herencia de José Martí y aplicarla a una lucha antidictatorial con articulaciones en organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y con una intelectualidad orgánica incorporada en ese movimiento. La llegada de los sobrevivientes del Granma a la Sierra Maestra no fue la implantación de un foco guerrillero, sino la continuidad de una lucha de años y el establecimiento de una fuerza política nativa que se desarrolló entre el campesinado con la ayuda de frentes urbanos consolidados. En Congo y Bolivia, en cambio, hay una suerte deincursión foránea con relaciones equívocas con los grupos guerrilleros locales (África), e incluso una cierta discrepancia por la presencia del Cheen tierra boliviana por parte de un sector minoritario del Partido Comunista. Esto obliga a un análisis más profundo y, sobre todo, crítico de la llamada cuestión nacional. Si no existe un sustrato social firme que aspira a transformar el país, una continuidad histórica con las luchas seculares del pueblo de que se trate, un conocimiento profundo de los problemas vitales de los diversos estratos y clases sociales, una unidad de acción de los distintos agrupamientos democráticos y revolucionarios y una relación estrecha de carácter orgánico entre todos ellos en extensión y profundidad del territorio, el movimiento revolucionario está destinado a fracasar. El Che, en sus adversidades, revela los peligros de una acción internacionalista con una base nacional no asegurada ni articulada. A pesar de esta derrota fatal, el Che permanece como el acero más templado de nuestra historia latinoamericana; como la realización de ese ser humano nuevo por el que tanto luchó; como la brújula de nuestros avatares por un mundo sin las ataduras de la explotación y dominación capitalistas. ¡Hasta siempre comandante!

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=232475

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