A recordar

17 de agosto de 2019

III. Les F-F vienen a restablecer la gobernabilidad como en el 2003

 
Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Este es el fin. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

16 de agosto de 2019
Por Mariano Féliz
Pasaron las PASO. El gobierno de Mauricio Macri se convirtió en una sombra de lo que parecía. La crisis transicional se acelera bajo la presión del capital concentrado en su forma financiera mientras el pueblo enfrenta las consecuencias. ¿Podemos esperar así cuatro meses más de gobierno de Cambiemos y el FMI?
Hace poco más de un año el capitalismo argentino entraba en un ciclo de depresión profunda enmarcado en su crisis transicional. A comienzos de 2019 todavía era incierto el devenir político, no tanto el económico. No era claro si la aceleración de la crisis permitiría a Cambiemos ratificar el programa de gobierno, o sí, por el contrario, se configuraría una fuerza de oposición -dentro de los partidos del orden- que condujera el descontento social creciente dentro de los marcos del capitalismo dependiente pero desplazara a Cambiemos del control del Estado. En mayo CFK bajó su potencial candidatura presidencial y desencadenó un efecto dominó que concluyó en la conformación del Frente de Todos, fuerza política que a la postre arrasó en las PASO (primarias abiertas, simultáneas y obligatorias).
Es la economía… pero también la política
El capitalismo dependiente argentino enfrenta un problema de fondo que no encuentra solución (ver acá). La crisis política de diciembre de 2017 y el freno a la reforma laboral terminó de sellar el fin de la alternativa Cambiemita. La llegada del FMI y su programa fue como cerrar con llave y tirarla al río. Las cartas estaban echadas. El capital financiero tomaba las riendas de la crisis transicional y aceleraba el ajuste.
El resultado para la economía argentina es evidente. Hay un deterioro generalizado de todos los indicadores de reproducción exitosa del ciclo del capital: cae la producción y el empleo, cae la demanda agregada, las importaciones, el consumo y, fundamentalmente, se desploma la inversión en capital constante fijo en tanto y, a la vez que, la tasa de ganancia no se recupera.
El golpe a las condiciones de vida de las mayorías populares es evidente y atroz (ver). Sin embargo, ese deterioro no se canalizó en la forma de un estallido o niveles de resistencia social masivos y sostenidos. La política en las calles no logró romper los límites de la gobernabilidad. No pudimos atravesar la bruma de los globos amarillos o el murmullo del resistiendo con aguante.
Ganó la neutralización institucional del conflicto. En el trimestre previo a las PASO la conflictividad laboral cayó 21% interanual (ver informe ODS) a pesar de una caída salarial de 15 puntos promedio, la destrucción de cientos de miles de empleos y la caída de más de 4 millones de personas en la pobreza por ingresos.
La estrategia kirchnerista de conducir el conflicto hacia la elección de 2019 se convirtió en dominante (ver). Las demandas inmediatas de una fracción importante del pueblo trabajador, encontraron allí su expresión manifiesta en las PASO del 11 de Agosto.
PASO a paso, golpe a golpe
Las PASO expresaron el descontento general con la política económica y sus resultados. Casi de los votantes lo hicieron contra el gobierno. El espacio Cambiemos mantuvo, sin embargo, su núcleo duro: 35%-37% (entre votos directos a Juntos por el Cambio, votos a Espert, votos a Gómez Centurión). Las fuerzas de oposición dentro de los partidos del orden se expresaron en el Panperonismo (Frente de Todos y Consenso Federal) con un 55% de los votos, mientras que la izquierda sostuvo sólo su núcleo duro en torno al 3%. El golpe electoral debajo de la línea de flotación al gobierno fue tan fuerte como (in)esperable. La vuelta a la conciliación de clases, con el kirchnerismo a la cabeza (ver acá), pone en alerta a las fracciones más especulativas del capital financiero.
Lo que estamos viendo en los días inmediatos posteriores a la elección de agosto, es la corrida de esas fracciones para condicionar la transición política. Mal que le pese al gobierno cambiemita, el proceso ya comenzó. Se vienen, a priori, cuatro largos meses, intensos y convulsionados.
En el marco de la desregulación general de los movimientos del capital financiero, los principales agentes actúan para construir un camino que les garantice de mínimo una salida ordenada. Hoy ya no alcanza con una tasa de interés del 74% anual en las LELIQ ( Letras de Liquidez del Banco Central -BCRA-) para retener a buena parte de esos capitales frente a una devaluación superior a 30% en pocas horas. El Banco Central se encuentra secuestrado (por decisión política del gobierno) por el conjunto de los grandes bancos: la montaña de esas colocaciones en el BCRA es tan grande que el valor del rescate que reclaman se acrecienta día a día. El 75% de los depósitos de los bancos se encuentra aplicados a LELIQ y otras colocaciones en el Banco Central (ver).
La corrida sobre el dólar tiene costos brutales sobre el conjunto de la población. Primero, acentúa el estrangulamiento monetario que impone el BCRA en el marco de su política de emisión cero y encarece el crédito en toda la economía. Segundo, con la desregulación y dolarización general de precios, la suba del dólar impacta directamente en los precios de todas las mercancías de consumo esencial. Por último, ese incremento alimenta la incertidumbre general y, por lo tanto, desarticula la cadena de pagos y producción; un capitalismo sin precios, colapsa. Con una inflación superior al 50% anual, el riesgo inminente del descontrol cambiario es la hiperinflación.
Tiempo de descuento
El gobierno de Mauricio Macri entró en tiempo de descuento. Frente a la disolución de su poder político, el presidente decidió -como siempre- no asumir sus responsabilidades y cargar las tintas sobre la población. Nada es azaroso. En esa acción no sólo acrecienta la crisis económica, sino que acelera el proceso de dolarización general de la economía. ¿Estarán buscando esa salida? Desde el gobierno estarían negociando un crédito extraordinario de 20 mil millones de dólares con la Reserva Federal de los EE.UU., algo que podría dar sustento a esta hipótesis.
Frente al descalabro y la deslegitimación creciente del gobierno nacional, las organizaciones populares estamos frente a una nueva disyuntiva. Podemos continuar en el camino actual que nos tiene como observadorxs privilegiadxs de una crisis que cotidianamente violenta nuestras condiciones materiales de vida. Si no logramos superar los estrechos límites impuestos por el sistema político y las formas institucionales vigentes, estamos condenándonos a atravesar esta transición bajo el desgaste creciente del golpe del capital.
La alternativa es recuperar el espacio privilegiado de nuestras luchas: la calle. Exigir la renuncia inmediata de Macri y el fin del programa de ajuste del FMI. Si algo aprendimos de las jornadas de Diciembre de 2001 y el QSVT es que no podemos delegar la defensa de nuestros derechos. Sólo el Pueblo salvará al Pueblo.
                                                                                                                                                                                                                       Nota concluída el martes 13 de Agosto de 2019.
Adenda del día después: poco, tarde y mal (…)

http://contrahegemoniaweb.com.ar/este-es-el-fin-nunca-es-triste-la-verdad-lo-que-no-tiene-es-remedio

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II. Les F-F vienen a restablecer la gobernabilidad como en el 2003

ARGENTINA: LA TRANSICIÓN EN MARCHA Y EL PROCESO ELECTORAL EN CIERNES

Por Mariano Féliz

 

El 2018 fue el año de la aceleración del ajuste económico que forma parte de la crisis transicional de la economía argentina. El cierre definitivo del financiamiento internacional privado al proceso de sintonía fina del kirchnerismo + ajuste gradual del macrismo, abrió el camino al ajuste ortodoxo del Fondo Monetario Internacional (FMI). Doce meses después, y abierto el proceso electoral, la urgencia de una superación de la crisis aparece como clave en todo el debate público.

Las apuestas de los sectores dominantes

Cambiemos o la avanzada del capital sin tomar prisionerxs

Desde los sectores dominantes aparecen propuestas en dos planos principales. Cambiemos es la expresión más explícita de la radicalización del ajuste en pleno desarrollo. La propuesta de este espacio político expresa a las fracciones más “optimistas” dentro del gran capital transnacional. Su optimismo radica en la presunción de que es el momento de acelerar el proceso de reestructuración y apuestan todas sus fichas a la renovación del mandato de Macri y -sobre todo- del programa de gobierno.
Estas fracciones (entre las que se destacan capitales como el comercial-financiero Mercado Libre, el agrocapital Los Grobo o el automotriz FIAT) entienden que la crisis transicional ha sido eficaz para crear la condición básica de su resolución a su favor: la desarticulación política de la resistencia popular al ajuste. En efecto, estiman que luego de la crisis política desatada a finales de 2017, la aceleración de la crisis económica con limitadas respuestas populares masivas habrían demostrado el triunfo de la estrategia de desgaste y desilusión.

En efecto, la presión creciente de los sectores dominantes dentro del gran capital apunta a elevar la vara de las reformas pendientes. El FMI apuesta todo su capital político y económico (50% de su capital prestable está invertido en Argentina) a la radicalización del cambio estructural para reubicar al territorio nacional en la división internacional del trabajo: convertir a la Argentina en territorio para el saqueo de sus riquezas naturales y para una multiplicada superexplotación del trabajo y los cuerpos (ver nota en Zur de Junio de 2019).

Frente de Todos o el fantasma del 2001 y la necesidad de una nueva salida ordenada del caos

Dentro las fracciones políticas de los partidos del orden, el Frente de Todxs aparece como la versión conciliadora y negociadora de la economía política del capital. En una renovación de las expectativas de una alianza policlasista, la fórmula (Alberto) Fernández-(Cristina) Fernández (K) (FF) expresa el sentir de los sectores subordinados del capital. La presunción de base es la imposibilidad de una salida políticamente viable (es decir, controlada dentro de los parámetros de la reproducción capitalista) sin integrar en la alianza gobernante a un conjunto sustancial del movimiento obrero organizado. En esta interpretación, la apuesta por un capitalismo dependiente posible (“serio y con inclusión social”, dirían sus promotores) requiere un amplio acuerdo policlasista que recree el mito del neodesarrollo.

A diferencia de las fracciones hegemónicas más transnacionalizadas, ese espacio político parte de la presunción de que la crisis de fines de 2017 confirma la potencial explosión social y un mayor desorden político en ciernes. En sintonía con la estrategia de moderación (en sus inicios “resistiendo con aguante”) estas fuerzas políticas expresan el temor latente al fantasma de 2001 y la nostalgia de una salida que cobije a todas las fracciones del capital (“volvemos”).

Por eso promueven pacto social o nuevo acuerdo de ciudadanía que recree una hegemonía débil y encamine productivamente para el conjunto del capital las posibilidades de expansión. En este marco se interpretan las expresiones del equipo económico de FF en relación a congelar la distribución del ingreso y la prevención de un futuro gobierno de transición.
Los partidos del orden tienen un proyecto en común. La coincidencia de base es la necesidad de proyectar un proceso político que permita resolver la crisis transicional en curso. La diferencia sustantiva entre ambos programas está en los presupuestos en torno al posible devenir de la lucha de clases y la capacidad de sus respectivas fuerzas sociales y políticas para canalizarlas productivamente dentro de las tensiones y tendencias que imponen las transformaciones en la transición hegemónica a escala mundial.

El campo del Pueblo y la izquierda en construcción: entre la reforma y la revolución

Frente
a las opciones en el campo de los sectores dominantes, las apuestas populares se articulan en torno a cómo enfrentar la tendencia al ajuste eterno. En el campo electoral, el FIT-Unidad se ha convertido en la opción de izquierda por excelencia. Si bien está la alternativa del Nuevo MAS, el FIT-Unidad coaliga en este plano al conjunto más significativo del esfuerzo organizativo de las fuerzas populares a la izquierda del espectro político. No son estas las únicas formaciones de izquierda realmente existentes o relevantes, sino las que han ganado más volumen y visibilidad política.

En este campo, tiende a verse la crisis como una más dentro del conjunto de las crisis en el marco del capitalismo dependiente y no como una crisis transicional de la mayor importancia. De ahí que se privilegie el señalamiento del capital (y lxs capitalistas) como agentes de la crisis capitalista, poniendo en este momento el énfasis en su forma más perfecta y general en el capital financiero internacional. Frente a la prepotencia organizada del capital encarnada en el FMI, la demanda de cesación de pagos sobre la deuda pública toma preeminencia discursiva. Por el contrario, a diferencia de otros momentos políticos, la radicalidad del discurso de los sectores organizados de la izquierda no está logrando proyectar una propuesta de transición fuera del sistema del capital ni tampoco proponer de manera prefigurativa los rasgos de tal proceso de radicalización social.

El debate en la izquierda no está logrando configurar un proceso de politización que supere el crecimiento cuantitativo de las fuerzas de izquierda en los espacios parlamentarios. En contraposición a los partidos del orden, correctamente ponemos el énfasis en las responsabilidades sociales de la crisis (les capitalistas que deben ‘pagarla’). Sin embargo, la práctica política colectiva en la izquierda en construcción (en pero -sobre todo- más allá de las actuales formaciones dominantes en el contexto electoral) no consigue incorporar con claridad los debates y prácticas que surgen de las luchas concretas en las fronteras sobre las que el capital avanza: entre otras, las luchas contra el extractivismo y el saqueo, las luchas del sindicalismo de base clasista, y en especial las luchas del movimiento feminista.

Estas últimas son clave pues ponen el eje en el núcleo de la avanzada del capitalismo contemporáneo en particular en territorios dependientes: la transición en ciernes tiene como núcleo la transformación de los límites del capital, en particular los límites entre trabajo productivo y reproductivo (y de cuidados). La reubicación del territorio argentino como nuevo campo de explotación por parte del capital transnacional supone el avance sobre los territorios ancestrales indígenas, la precarización creciente de la reproducción de la vida en las comunidades urbanas, la crisis de la reproducción y los cuidados (en salud, educación, seguridad social, violencia social), la privatización e individualización de la vida y la flexibilización extrema de las relaciones laborales. Ese es el programa de Mercado Libre, Los Grobo y FIAT, en y más allá del FMI: construir una subjetividad social fracturada e impotente (
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El presupuesto de la izquierda en lucha es la capacidad del Pueblo de organizarse y luchar para enfrentar al capital en sus manifestaciones más inmediatas y fundamentales. Asumimos que el espíritu del 2001 está latente, dispuesto a regresar; Diciembre de 2017 nos lo recordó. A diferencia de la fuerzas sociales en torno al Frente de Todxs, desde la izquierda creemos que es justamente esa potencia inmanente la que debe desplegarse para salir del abismo actual.

La resistencia popular organizada es la base de la posibilidad de construir un proceso de superación de este sistema de muerte. La clave del problema es cómo articular las luchas realmente existentes en un proyecto político de izquierdas que ponga en el centro de sus demandas -nuevamente- la construcción de otra forma societal. La pregunta que debemos responder es si estamos dispuestxs a radicalizar nuestra praxis política, revolucionar nuestra organización. Si logramos abrir el campo de la política a quienes están en el centro de las luchas por la vida y contra la muerte que propone el capital, tenemos posibilidades de masificar el campo del cambio social. Si organizativamente permitimos que sean estos debates los que articulen nuestra práctica, estaremos en mejores condiciones de crear un futuro más libre y justo para todes.
 
 *Economista. Profesor de la Universidad Nacional de La Plata. Investigador del CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP. Integrante de la Sociedad de Economía Crítica.
http://zur.org.uy/content/argentina-la-transici%C3%B3n-en-marcha-y-el-proceso-electoral-en-ciernes
 


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I. Les F-F vienen a restablecer la gobernabilidad como en el 2003

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Las huellas de la política económica pensada por Alberto Fernández: “Ladra, tiene 4 patas y cola”

15 de agosto de 2019

 

La “moderada” campaña electoral del frente “TODOS” omitió pronunciamientos concretos sobre las medidas económicas a desarrollar en caso de que fueran gobierno. Ya consumada la muerte política de Macri y con un nuevo golpe de los mercados, la “mesura” continúa siendo la estrategia elegida por el candidato presidencial, Alberto Fernández. El planteo más importante y claro fue para los mercados; el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) se mantiene. Habrá que sacar “agua de las piedras” para evaluar cuál será la orientación general que desarrollará la fórmula F-F tras ganar los comicios en octubre. ¿Cuál será la política elegida para reactivar el consumo y lograr dotarse de dólares las arcas estatales?
Por Nicolás Salas para ANRed

“Lo difícil es que los progresistas voten candidatos que creen progresistas pero que repentinamente terminan asociados al reclamo de los sectores dominantes de una economía concentrada”¹
El transitar de la campaña
Durante el lanzamiento del libro “Sinceramente”, la expresidenta Cristina Fernández, planteó la orientación general del reagrupamiento peronista. Por un lado, el primer saludo de la presentación fue para Alberto Fernández, el elegido. Por otra parte, planteó la construcción de un “contrato social”, es decir un nuevo “pacto social” para afrontar los tiempos venideros.
Tal planteo se consolidó con Alberto candidato y el anuncio de fidelidad al FMI y los acreedores externos, el gran karma argentino (solo en 2020 se deberán cancelan U$S 22.800 millones y durante la totalidad del mandato U$S156.220²). La única certeza al respecto, es que se intentará renegociar los plazos de los vencimientos del acuerdo rubricado durante el macrismo. Ahora bien, hasta ahora Fernández no se refirió si para modificar los plazos de pago está dispuesto a aceptar las exigencias del FMI respecto a avanzar en una reforma jubilatoria y laboral³.
«A los mercados y a los organismos internacionales yo siempre les digo lo mismo: Lo único que tienen que entender es que, objetivamente, los que siempre han sacado las papas del fuego fuimos nosotros y los que siempre pagamos la deuda fuimos nosotros», argumentó el referente del Grupo Callao tras la corrida cambiaria del lunes 12 de agosto.
Prometió la suba de las jubilaciones utilizando parte de los intereses de las Leliqs, que en la actualidad “sirven” para absorber pesos del mercado y contener de esta manera la presión sobre el dólar. El planteo de bajar dichos intereses no fue acompañado con la claridad de cuál será la política para hacerse de divisas. El cepo no es una posibilidad y ya lo anunció Matías Kulfas, referente del Grupo Callao y uno de los economistas de consulta de Alberto Fernández (4).
¿Recuperar dólares con impuestos al campo? Tampoco. Fernández disertó en la Bolsa de Comercio de Rosario y aseguró que “no está de acuerdo” con las retenciones, a las que calificó “un castigo a la generación de valor del sector primario”.
De todas formas, quien fuera operador de Sergio Massa y Florencio Randazzo intentó dejar tranquilo a los capitales financieros. En mayo se reunió en su departamento de Puerto Madero con figuras como Gabriel Martino, presidente del HSBC y representantes del JP Morgan en la Argentina.
El Alberto de ayer, el de hoy
La corrida cambiaria horas después de concluidas las PASO implicó una fuerte devaluación en la moneda argentina (alcanzó el 23% el primer día y llevó al dólar a romper el techo de los $60), con la consecuente caída del salario real y dando rienda suelta a una escalada inflacionaria en el corto plazo.
“Los mercados están muy intranquilos por él (Mauricio Macri), porque advierten que el gobierno los metió en un escenario en el que ahora no le pueden dar respuestas», señaló Alberto Fernández. Declaraciones que no hacen otra cosa que edulcorar el rol destructivo del capital financiero en el país. Tiene sus motivos, le garantizaron la devaluación con la que pretende hacer “competitiva” la economía en el país.
En su libro “Pensado y escrito” analiza cómo que el gobierno kirchnerista debió pilotear la crisis mundial del 2009: “(…) Fortalecer la competitividad de la producción argentina para ampliar su participación en el comercio internacional; restablecer los lazos con un mundo central que, deteriorado económica y militarmente, propicia una nueva diplomacia con mayor participación de los países emergentes”(5).
¿Cómo garantizar la competitividad de una industria incompetente en términos mundiales y sostenida en base a las transferencias estatales?Devaluando.
Hace semanas que Fernández viene insistiendo en la necesidad de “sincerar” el dólar. “Se veía venir un mal momento económico porque toda la estabilidad estaba atada con alambre, absolutamente ficticia, el dólar no valía lo que valía porque solo valía así si pagaban 65 puntos de tasa de interés y donde eso se moviera un poco todo se iba a desbalancear”, vociferaba durante la entrevista televisiva que dio en el programa “Corea del Centro”.
«El tipo de cambio de $47 estaba bien y el de $60 es de recontra equilibrio de la balanza de pago».
Alberto Fernández se fundamenta en el proceso del 2003, iniciado con la devaluación realizada por Duhalde previo a la asunción de Néstor Kirchner. Según sus consideraciones, la depreciación de la moneda es garante de una mayor competitividad industrial. A diferencia del proceso iniciado en 2002/2003, en esta oportunidad los mercados internacionales se encuentran restringidos, al tiempo que la guerra comercial entre Estados Unidos y China genera un panorama incierto en el corto y mediano plazo. Tampoco se menciona que la devaluación duhaldista generó la pérdida del 30% en el salario real y un mayor empobrecimiento de los sectores populares. Además en aquel momento la renegociación de la deuda tuvo plazos mayores (terminó de redondearse en 2005) y una mayor flexibilidad que la que viene planteando el FMI en la actualidad (caso Grecia, Haití, entre otros).
No es extraño que Alberto, quien supo reivindicar los tratados de libre comercio entre Chile y los Estados Unidos, de el visto bueno al semiacuerdo Mercosur/Unión Europea. En Argentina esta iniciativa es saludada con beneplácito por la burguesía agraria, la cuál recibió la promesa de no ser afectada en el período que viene. De todas formas, el potencial presidente expresó acuerdos y desacuerdos en relación al acuerdo Mercosur/UE, y al momento no ha dado precisiones ni desarrollo de los mismos.
Los economistas de Alberto
Más allá de salir a callar a alguno que se fue de boca, Fernández tiene un grupo de asesores económicos que dieron una serie de indicios respecto a los pasos a seguir. Entre los principales se encuentran los integrantes del grupo Callao el economista Matías Kulfas (6), la economista Cecilia Todesca (7) y Fernando Peirano (8).
Quien ocupa un lugar predilecto es Guillermo Nilsen, exsecretario de Finanzas de Roberto Lavagna y el principal renegociador de la deuda en 2004/2005. El economista, que asesora a varios capitales financieros que poseen negocios en el país, ya dio algunas declaraciones de lo que hay que hacer en los tiempos venideros (9):
– “Hay que eliminar las retenciones que quedan cuanto antes, la agricultura paga impuesto a las ganancias como todas las actividades y es un exceso que además tengan una detracción en el precio”.
– Uno de los problemas centrales de la Argentina actual es una presión impositiva récord. Hay que bajar impuestos. La actividad exportadora debería estar libre de impuestos.
-“Se debe apuntar a no exportar impuestos. Hay una experiencia que deberíamos hacer y está pendiente, es la de la maquila. Deberíamos crear zonas aduaneras donde quienes trabajen tuviesen un nivel impositivo internacional en todo sentido, o sea cargas sociales reducidas, e insumos libres de impuestos. Creo que nos llevaríamos un sorpresa muy agradable”.
– En este momento, y dadas las características del actual gobierno argentino, el acuerdo con el FMI es fundamental para lograr sanear la economía.
-Lamentablemente, tenemos una historia de uso de fondos públicos para estimular actividades que en la abrumadora mayoría de los casos salieron mal. Dado que somos un país productor de comoditties, sería importante potenciar la logística como para lograr que sea más competitivo posible.
A modo de cierre
Sin duda, que la devaluación es el eje con el que Fernández intentará volver “competitiva” a la economía nacional, por un lado para apuntar el ingreso de dólares necesarios para afrontar el pago de la deuda (garantizándole “mejores condiciones” a las compañías de Vaca Muerta y a la burguesía agraria) y por otro, para sostener la ficción (en términos competitivos) de algunas industrias menores, que permitan, a partir del consumo interno, sostener algunos niveles de empleo. Queda en el tintero saber que va a ser de la industria automotriz (y otras) que dependen para su actividad de la importación de insumos (alrededor del 60% de las piezas de un auto construido en Argentina se compran en el exterior, centralmente en Brasil).
Entra en juego en la próxima etapa la negociación que planteará el FMI en caso de aceptar una renegociación a lo “Portugal”10, que en estas tierras implicará la entrega de una reforma jubilatoria y laboral. A su vez, cómo harán para lidiar un escenario de ajuste con la necesidad de recuperar hegemonía en una sociedad que viene dando señales de rechazo a ese tipo de políticas. Varios interrogantes abiertos, con varios indicios de respuesta.

1[1] “Pensado y escrito”, Alberto Fernández. 2010. Pp136
2[1] https://www.cronista.com/economiapolitica/Deuda-proximo-Gobierno-afronta-vencimientos-por-us-156.220-millones-20190425-0057.html
3[1] Guillermo Nielsen, llamado a ser el ministro de Economía del próximo gobierno, confirmó durante una entrevista televisiva que en Vaca Muerta hay “que generar condiciones de competitividad equivalente a las grandes formaciones norteamericanas, a Permian, a Marcellus”, al tiempo que reivindicó la precarización laboral del sector petrolero llevado a cabo durante los primeros años de Cambiemos. https://www.youtube.com/watch?v=3Nd33ZxweDo
Un informe de Chevron, asegura que la diferencia del costo de producción entre Permian y Vaca Muerta es de 4 dólares por barril (1,6 dólares corresponden a impuestos y regulaciones que se aplican en la Argentina. Entre ese valor se desglosa que 0,2 dólares corresponde derechos de importación, u$s 0,40 a cargas sociales, u$s 0,40 a Ingresos Brutos, u$s 0,20 a Ingresos Brutos, u$s 0,20 a regulaciones y u$s 0,20 al gasoil). Puede inducirse que se buscará reducir ese U$S 1,6, ya sea en las cargas sociales o la carga impositiva.
4[1] El mismo Fernández afirmó el lunes después de las PASO: «No estamos preparando una economía cerrada y con cepo”. https://tn.com.ar/politica/para-alberto-fernandez-la-corrida-cambiaria-fue-llamativa-y-apunto-macri-crea-la-idea-de_985743
5[1] “Pensado y escrito”, Alberto Fernández. Pp31
6[1] Ex gerente general del Banco Central durante la gestión de Mercedes Marcó del Pont, ex director del Banco Nación entre 2008 y 2012 y director de la consultora Idear Desarrollo.
7[1] Ex jefa de Gabinete en el Banco Central con Marcó del Pont, investigadora de la Universidad Nacional de San Martín e hija del actual titular del Indec, Jorge Todesca.
8[1] Economista y ex subsecretario de Políticas en Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva entre 2011 y 2015, quien también se desempeña como asesor en la Unión Industrial Argentina y Adimra
9[1] Entrevista el 30 de julio de 2018. https://www.perfil.com/noticias/argentina-volatil/guillermo-nielsen-hay-que-eliminar-las-retenciones-que-quedan-cuanto-antes.phtml10[1] Andrés Malamud. «Para la Argentina es imposible aplicar el modelo portugués»https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/andres-malamud-para-argentina-es-imposible-aplicar-nid2242067

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9[1] Entrevista el 30 de julio de 2018. https://www.perfil.com/noticias/argentina-volatil/guillermo-nielsen-hay-que-eliminar-las-retenciones-que-quedan-cuanto-antes.phtml10[1] Andrés Malamud. «Para la Argentina es imposible aplicar el modelo portugués»https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/andres-malamud-para-argentina-es-imposible-aplicar-nid2242067

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II. Desde los 70 el neoliberalismo se fue haciendo el único capitalismo posible.

Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Anatomía del nuevo neoliberalismo
26 de julio de 2019

Por Pierre Dardot y Christian Laval
Desde hace una decena de años viene anunciándose regularmente el fin del neoliberalismo: la crisis financiera mundial de 2008 se presentó como el último estertor de su agonía, después le tocó el turno a la crisis griega en Europa (al menos hasta julio de 2015), sin olvidar, por supuesto, el seísmo causado por la elección de Donald Trump en EE UU en noviembre de 2016, seguido del referéndum sobre el Brexit en marzo de 2017. El hecho de que Gran Bretaña y EE UU, que fueron tierras de promisión del neoliberalismo en tiempos de Thatcher y Reagan, parezcan darle la espalda mediante una reacción nacionalista tan repentina, marcó los espíritus debido a su alcance simbólico. Después, en octubre de 2018, se produjo la elección de Jair Bolsonaro, quien promete tanto el retorno de la dictadura como la aplicación de un programa neoliberal de una violencia y una amplitud muy parecidas a las de los Chicago boys de Pinochet.  

El neoliberalismo no sólo sobrevive como sistema de poder, sino que se refuerza. Hay que comprender esta singular radicalización, lo que implica discernir el carácter tanto plástico como plural del neoliberalismo. Pero hace falta ir más lejos todavía y percatarse del sentido de las transformaciones actuales del neoliberalismo, es decir, la especificidad de lo que aquí llamamos el nuevo neoliberalismo.


La crisis como modo de gobierno

Recordemos de entrada qué significa el concepto de neoliberalismo, que pierde gran parte de su pertinencia cuando se emplea de forma confusa, como sucede a menudo. No se trata tan solo de políticas económicas monetaristas o austeritarias, de la mercantilización de las relaciones sociales o de la dictadura de los mercados financieros. Se trata más fundamentalmente de una racionalidad política que se ha vuelto mundial y que consiste en imponer por parte de los gobiernos, en la economía, en la sociedad y en el propio Estado, la lógica del capital hasta convertirla en la forma de las subjetividades y la norma de las existencias.

Proyecto radical e incluso, si se quiere, revolucionario, el neoliberalismo no se confunde, por tanto, con un conservadurismo que se contenta con reproducir las estructuras desigualitarias establecidas. A través del juego de las relaciones internacionales de competencia y dominación y de la mediación de las grandes organizaciones de gobernanza mundial (FMI, Banco Mundial, Unión Europea, etc.), este modo de gobierno se ha convertido con el tiempo en un verdadero sistema mundial de poder, comandado por el imperativo de su propio mantenimiento.

Lo que caracteriza este modo de gobierno es que se alimenta y se radicaliza por medio de sus propias crisis. El neoliberalismo sólo se sostiene y se refuerza porque gobierna mediante la crisis. En efecto, desde la década de 1970, el neoliberalismo se nutre de las crisis económicas y sociales que genera. Su respuesta es invariable: en vez de poner en tela de juicio la lógica que las ha provocado, hay que llevar todavía más lejos esa misma lógica y tratar de reforzarla indefinidamente. Si la austeridad genera déficit presupuestario, hay que añadir una dosis suplementaria. Si la competencia destruye el tejido industrial o desertifica regiones, hay que agudizarla todavía más entre las empresas, entre los territorios, entre las ciudades. Si los servicios públicos no cumplen ya su misión, hay que vaciar esta última de todo contenido y privar a los servicios de los medios que precisan. Si las rebajas de impuestos para los ricos o las empresas no dan los resultados esperados, hay que profundizar todavía más en ellas, etc.

Este gobierno mediante la crisis solo es posible, claro está, porque el neoliberalismo se ha vuelto sistémico. Toda crisis económica, como la de 2008, se interpreta en los términos del sistema y solo recibe respuestas que sean compatibles con el mismo. La ausencia de alternativas no es tan solo la manifestación de un dogmatismo en el plano intelectual, sino la expresión de un funcionamiento sistémico a escala mundial. Al amparo de la globalización y/o al reforzar la Unión Europea, los Estados han impuesto múltiples reglas e imperativos que los llevan a reaccionar en el sentido del sistema.

Pero lo que es más reciente y sin duda merece nuestra atención es que ahora se nutre de las reacciones negativas que provoca en el plano político, que se refuerza con la misma hostilidad política que suscita. Estamos asistiendo a una de sus metamorfosis, y no es la menos peligrosa. El neoliberalismo ya no necesita su imagen liberal o democrática, como en los buenos tiempos de lo que hay que llamar con razón el neoliberalismo clásico. Esta imagen incluso se ha convertido en un obstáculo para su dominación, cosa que únicamente es posible porque el gobierno neoliberal no duda en instrumentalizar los resentimientos de un amplio sector de la población, falto de identidad nacional y de protección por el Estado, dirigiéndolos contra chivos expiatorios.

En el pasado, el neoliberalismo se ha asociado a menudo a la apertura, al progreso, a las libertades individuales, al Estado de derecho. Actualmente se conjuga con el cierre de fronteras, la construcción de muros, el culto a la nación y la soberanía del Estado, la ofensiva declarada contra los derechos humanos, acusados de poner en peligro la seguridad. ¿Cómo es posible esta metamorfosis del neoliberalismo?

Trumpismo y fascismo

Trump marca incontestablemente un hito en la historia del neoliberalismo mundial. Esta mutación no afecta únicamente a EE UU, sino a todos los gobiernos, cada vez más numerosos, que manifiestan tendencias nacionalistas, autoritarias y xenófobas hasta el punto de asumir la referencia al fascismo, como en el caso de Matteo Salvini, o a la dictadura militar en el de Bolsonaro. Lo fundamental es comprender que estos gobiernos no se oponen para nada al neoliberalismo como modo de poder. Al contrario, reducen los impuestos a los más ricos, recortan las ayudas sociales y aceleran las desregulaciones, particularmente en materia financiera o ecológica. Estos gobiernos autoritarios, de los que forma parte cada vez más la extrema derecha, asumen en realidad el carácter absolutista e hiperautoritario del neoliberalismo.

Para comprender esta transformación, primero conviene evitar dos errores. El más antiguo consiste en confundir el neoliberalismo con el ultraliberalismo, el libertarismo, el retorno a Adam Smith o el fin del Estado, etc. Como ya nos enseñó hace mucho tiempo Michel Foucault, el neoliberalismo es un modo de gobierno muy activo, que no tiene mucho que ver con el Estado mínimo pasivo del liberalismo clásico. Desde este punto de vista, la novedad no consiste en el grado de intervención del Estado ni en su carácter coercitivo. Lo nuevo es que el antidemocratismo innato del neoliberalismo, manifiesto en algunos de sus grandes teóricos, como Friedrich Hayek, se plasma hoy en un cuestionamiento político cada vez más abierto y radical de los principios y las formas de la democracia liberal.

El segundo error, más reciente, consiste en explicar que nos hallamos ante un nuevo fascismo neoliberal, o bien ante un momento neofascista del neoliberalismo 2/. Que sea por lo menos azaroso, si no peligroso políticamente, hablar con Chantal Mouffe de un momento populista para presentar mejor el populismo como un remedio al neoliberalismo, esto está fuera de toda duda. Que haga falta desenmascarar la impostura de un Emmanuel Macron, quien se presenta como el único recurso contra la democracia iliberal de Viktor Orbán y consortes, esto también es cierto. Pero, ¿acaso esto justifica que se mezcle en un mismo fenómeno político el ascenso de las extremas derechas y la deriva autoritaria del neoliberalismo?

La asimilación es a todas luces problemática: ¿cómo identificar si no es mediante una analogía superficial el Estado total tan característico del fascismo y la difusión generalizada del modelo de mercado y de la empresa en el conjunto de la sociedad? En el fondo, si esta asimilación permite arrojar luz, centrándonos en el fenómeno Trump, sobre cierto número de rasgos del nuevo neoliberalismo, al mismo tiempo enmascara su individualidad histórica. La inflación semántica en torno al fascismo tiene sin duda efectos críticos, pero tiende a ahogar los fenómenos a la vez complejos y singulares en generalizaciones poco pertinentes, que a su vez no pueden sino dar lugar a un desarme político.

Para Henry Giroux 3/, por ejemplo, el fascismo neoliberal es una “formación económico-política específica” que mezcla ortodoxia económica, militarismo, desprecio por las instituciones y las leyes, supremacismo blanco, machismo, odio a los intelectuales y amoralismo. Giroux toma prestada del historiador del fascismo Robert Paxton (2009) la idea de que el fascismo se apoya en pasiones movilizadoras que volvemos a encontrar en el fascismo neoliberal: amor al jefe, hipernacionalismo, fantasmas racistas, desprecio por lo débil, lo inferior, lo extranjero, desdén por los derechos y la dignidad de las personas, violencia hacia los adversarios, etc.

Si bien hallamos todos estos ingredientes en el trumpismo y más todavía en el bolsonarismo brasileño, ¿acaso no se nos escapa su especificidad con respecto al fascismo histórico? Paxton admite que “Trump retoma varios motivos típicamente fascistas”, pero ve en él sobre todo los rasgos más comunes de una “dictadura plutocrática” 4/. Porque también existen grandes diferencias con el fascismo: no impone el partido único ni la prohibición de toda oposición y de toda disidencia, no moviliza y encuadra a las masas en organizaciones jerárquicas obligatorias, no establece el corporativismo profesional, no practica liturgias de una religión laica, no preconiza el ideal del ciudadano soldado totalmente consagrado al Estado total, etc. (Gentile, 2004).

A este respecto, todo paralelismo con el final de la década de 1930 en EE UU es engañoso, por mucho que Trump haya hecho suyo el lema de America first, el nombre dado por Charles Lindbergh a la organización fundada en octubre de 1940 para promover una política aislacionista frente al intervencionismo de Roosevelt. Trump no convierte en realidad la ficción escrita por Philip Roth (2005), quien imaginó que Lindbergh triunfaría sobre Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Ocurre que Trump no es a Clinton o a Obama lo que fue Lindbergh a Roosevelt y que en este sentido toda analogía es endeble. Si Trump puja cada vez más en la escalada antiestablishment para halagar a su clientela electoral, no trata, sin embargo, de suscitar revueltas antisemitas, contrariamente al Lindbergh de la novela, inspirada directamente en el ejemplo nazi.

Pero, sobre todo, no estamos viviendo un momento polanyiano, como cree Robert Kuttner (2018), caracterizado por la recuperación del control de los mercados por los poderes fascistas ante los estragos causados por el no intervencionismo. En cierto sentido ocurre todo lo contrario, y el caso es bastante más paradójico. Trump pretende ser el campeón de la racionalidad empresarial, incluso en su manera de llevar a cabo su política tanto interior como exterior. Vivimos el momento en que el neoliberalismo segrega desde el interior una forma política original que combina autoritarismo antidemocrático, nacionalismo económico y racionalidad capitalista ampliada.

Una crisis profunda de la democracia liberal

Para comprender la mutación actual del neoliberalismo y evitar confundirla con su fin es preciso tener una concepción dinámica del mismo. Tres o cuatro decenios de neoliberalización han afectado profundamente a la propia sociedad, instalando en todos los aspectos de las relaciones sociales situaciones de rivalidad, de precariedad, de incertidumbre, de empobrecimiento absoluto y relativo. La generalización de la competencia en las economías, así como, indirectamente, en el trabajo asalariado, en las leyes y en las instituciones que enmarcan la actividad económica, ha tenido efectos destructivos en la condición de las personas asalariadas, que se han sentido abandonadas y traicionadas. Las defensas colectivas de la sociedad, a su vez, se han debilitado. Los sindicatos, en particular, han perdido fuerza y legitimidad.

Los colectivos de trabajo se han descompuesto a menudo por efecto de una gestión empresarial muy individualizadora. La participación política ya no tiene sentido ante la ausencia de opciones alternativas muy diferentes. Por cierto, la socialdemocracia, adherida a la racionalidad dominante, está en vías de desaparición en un gran número de países. En suma, el neoliberalismo ha generado lo que Gramsci llamó monstruos mediante un doble proceso de desafiliación de la comunidad política y de adhesión a principios etnoidentitarios y autoritarios, que ponen en tela de juicio el funcionamiento normal de las democracias liberales. Lo trágico del neoliberalismo es que, en nombre de la razón suprema del capital, ha atacado los fundamentos mismos de la vida social, tal como se habían formulado e impuesto en la época moderna a través de la crítica social e intelectual.

Por decirlo de manera un tanto esquemática, la puesta en práctica de los principios más elementales de la democracia liberal comportó rápidamente bastantes más concesiones a las masas que lo que podía aceptar el liberalismo clásico. Este es el sentido de lo que se llamó justicia social o también democracia social, a las que no cesó de vituperar precisamente la cohorte de teóricos neoliberales. Al querer convertir la sociedad en un orden de la competencia que solo conocería hombres económicos o capitales humanos en lucha unos contra otros, socavaron las bases mismas de la vida social y política en las sociedades modernas, especialmente debido a la progresión del resentimiento y de la cólera que semejante mutación no podía dejar de provocar.

¿Cómo extrañarse entonces ante la respuesta de la masa de perdedores al establecimiento de este orden competitivo? Al ver degradarse sus condiciones y desaparecer sus puntos de apoyo y de referencia colectivos, se refugian en la abstención política o en el voto de protesta, que es ante todo un llamamiento a la protección contra las amenazas que pesan sobre su vida y su futuro. En pocas palabras, el neoliberalismo ha engendrado una crisis profunda de la democracia liberal-social, cuya manifestación más evidente es el fuerte ascenso de los regímenes autoritarios y de los partidos de extrema derecha, respaldados por una parte amplia de las clases populares nacionales. Hemos dejado atrás la época de la posguerra fría, en la que todavía se podía creer en la extensión mundial del modelo de democracia de mercado.

Asistimos ahora, y de forma acelerada, a un proceso inverso de salida de la democracia o de desdemocratización, por retomar la justa expresión de Wendy Brown. A los periodistas les gusta mezclar en el vasto marasmo de un populismo antisistema a la extrema derecha y a la izquierda radical. No ven que la canalización y la explotación de esta cólera y de estos resentimientos por la extrema derecha dan a luz un nuevo neoliberalismo, aún más agresivo, aún más militarizado, aún más violento, del que Trump es tanto el estandarte como la caricatura.

El nuevo neoliberalismo

Lo que aquí llamamos nuevo neoliberalismo es una versión original de la racionalidad neoliberal en la medida que ha adoptado abiertamente el paradigma de la guerra contra la población, apoyándose, para legitimarse, en la cólera de esa misma población e invocando incluso una soberanía popular dirigida contra las élites, contra la globalización o contra la Unión Europea, según los casos. En otras palabras, una variante contemporánea del poder neoliberal ha hecho suya la retórica del soberanismo y ha adoptado un estilo populista para reforzar y radicalizar el dominio del capital sobre la sociedad. En el fondo es como si el neoliberalismo aprovechara la crisis de la democracia liberal-social que ha provocado y que no cesa de agravar para imponer mejor la lógica del capital sobre la sociedad.

Esta recuperación de la cólera y de los resentimientos requiere sin duda, para llevarse a cabo efectivamente, el carisma de un líder capaz de encarnar la síntesis, antaño improbable, de un nacionalismo económico, una liberalización de los mecanismos económicos y financieros y una política sistemáticamente proempresarial. Sin embargo, actualmente todas las formas nacionales del neoliberalismo experimentan una transformación de conjunto, de la que el trumpismo nos ofrece la forma casi pura. Esta transformación acentúa uno de los aspectos genéricos del neoliberalismo, su carácter intrínsecamente estratégico. Porque no olvidemos que el neoliberalismo no es conservadurismo. Es un paradigma gubernamental cuyo principio es la guerra contra las estructuras arcaicas y las fuerzas retrógradas que se resisten a la expansión de la racionalidad capitalista y, más ampliamente, la lucha por imponer una lógica normativa a poblaciones que no la quieren.

Para alcanzar sus objetivos, este poder emplea todos los medios que le resultan necesarios, la propaganda de los medios, la legitimación por la ciencia económica, el chantaje y la mentira, el incumplimiento de las promesas, la corrupción sistémica de las élites, etc. Pero una de sus palancas preferidas es el recurso a las vías de la legalidad, léase de la Constitución, de manera que cada vez más resulte irreversible el marco en el que deben moverse todos los actores. Una legalidad que evidentemente es de geometría variable, siempre más favorable a los intereses de las clases ricas que a los de las demás. No hace falta recurrir, al estilo antiguo, a los golpes de Estado militares para poner en práctica los preceptos de la escuela de Chicago si se puede poner un cerrojo al sistema político, como en Brasil, mediante un golpe parlamentario y judicial: este último permitió, por ejemplo, al presidente Temer congelar durante 20 años los gastos sociales (sobre todo a expensas de la sanidad pública y de la universidad). En realidad, el brasileño no es un caso aislado, por mucho que los resortes de la maniobra sean allí más visibles que en otras partes, sobre todo después de la victoria de Bolsonaro como punto de llegada del proceso. El fenómeno, más allá de sus variantes nacionales, es general: es en el interior del marco formal del sistema político representativo donde se establecen dispositivos antidemocráticos de una temible eficacia corrosiva.

Un gobierno de guerra civil

La lógica neoliberal contiene en sí misma una declaración de guerra a todas las fuerzas de resistencia a las reformas en todos los estratos de la sociedad. El lenguaje vigente entre los gobernantes de todos los niveles no engaña: la población entera ha de sentirse movilizada por la guerra económica, y las reformas del derecho laboral y de la protección social se llevan a cabo precisamente para favorecer el enrolamiento universal en esa guerra. Tanto en el plano simbólico como en el institucional se produce un cambio desde el momento en que el principio de competitividad adquiere un carácter casi constitucional. Puesto que estamos en guerra, los principios de la división de poderes, de los derechos humanos y de la soberanía del pueblo ya solo tienen un valor relativo. En otras palabras, la democracia liberal-social tiende progresivamente a vaciarse para pasar a no ser más que la envoltura jurídico-política de un gobierno de guerra. Quienes se oponen a la neoliberalización se sitúan fuera del espacio público legítimo, son malos patriotas, cuando no traidores.

Esta matriz estratégica de las transformaciones económicas y sociales, muy cercana a un modelo naturalizado de guerra civil, se junta con otra tradición, ésta más genuinamente militar y policial, que declara la seguridad nacional la prioridad de todos los objetivos gubernamentales. El neoliberalismo y el securitarismo de Estado hicieron buenas migas desde muy temprano. El debilitamiento de las libertades públicas del Estado de derecho y la extensión concomitante de los poderes policiales se han acentuado con la guerra contra la delincuencia y la guerra contra la droga de la década de 1970. Pero fue sobre todo después de que se declarara la guerra mundial contra el terrorismo, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo el despliegue de un conjunto de medidas y dispositivos que violan abiertamente las reglas de protección de las libertades en la democracia liberal, llegando incluso a incorporar en la ley la vigilancia masiva de la población, la legalización del encarcelamiento sin juicio o el uso sistemático de la tortura.

Para Bernard E. Harcourt (2018), este modelo de gobierno, que consiste en “hacer la guerra a toda la ciudadanía”, procede en línea directa de las estrategias militares contrainsurgentes puestas a punto por el ejército francés en Indochina y en Argelia, transmitidas a los especialistas estadounidenses de la lucha anticomunista y practicadas por sus aliados, especialmente en América Latina o en el sudeste asiático. Hoy, la “contrarrevolución sin revolución”, como la denomina Harcourt, busca reducir por todos los medios a un enemigo interior y exterior omnipresente, que tiene más bien cara de yihadista, pero que puede adoptar muchas otras caras (estudiantes, ecologistas, campesinos, jóvenes negros en EE UU o jóvenes de los suburbios en Francia, y tal vez, sobre todo en estos momentos, migrantes ilegales, preferentemente musulmanes). Y para llevar a buen término esta guerra contra el enemigo, conviene que el poder, por un lado, militarice a la policía y, por otro, acumule una masa de informaciones sobre toda la población con el fin de conjurar toda rebelión posible. En suma, el terrorismo de Estado se halla de nuevo en plena progresión, incluso cuando la amenaza comunista, que le había servido de justificación durante la Guerra Fría, ha desaparecido.

La imbricación de estas dos dimensiones, la radicalización de la estrategia neoliberal y el paradigma militar de la guerra contrainsurgente, a partir de la misma matriz de guerra civil, constituye actualmente el principal acelerador de la salida de la democracia. Este enlace solo es posible gracias a la habilidad con que cierto número de responsables políticos de la derecha, aunque también de la izquierda, se dedican a canalizar mediante un estilo populista los resentimientos y el odio hacia los enemigos electivos, prometiendo a las masas orden y protección a cambio de su adhesión a la política neoliberal autoritaria.

El neoliberalismo de Macron

Sin embargo, ¿no es exagerado meter todas las formas de neoliberalismo en el mismo saco de un nuevo neoliberalismo? Existen tensiones muy fuertes a escala mundial o europea entre lo que hay que calificar de tipos nacionales diferentes de neoliberalismo. Sin duda no asimilaríamos a Trudeau, Merkel o Macron con Trump, Erdogan, Orbán, Salvini o Bolsonaro. Unos todavía permanecen fieles a una forma de competencia comercial supuestamente leal, cuando Trump ha decidido cambiar las reglas de la competencia, transformando esta última en guerra comercial al servicio de la grandeza de EE UU (“America is Great Again”); unos invocan todavía, de palabra, los derechos humanos, la división de poderes, la tolerancia y la igualdad de derechos de las personas, cuando a los otros todo esto les trae sin cuidado; unos pretenden mostrar una actitud humana ante los migrantes (algunos muy hipócritamente), cuando los otros no tienen escrúpulos a la hora de rechazarlos y repatriarlos. Por tanto, conviene diferenciar el modelo neoliberal.

El macronismo no es trumpismo, aunque solo fuera por las historias y las estructuras políticas nacionales en las que se inscriben. Macron se presentó como el baluarte frente al populismo de extrema derecha de Marine Le Pen, como su aparente antítesis. Aparente, porque Macron y Le Pen, si no son personas idénticas, en realidad son perfectamente complementarias. Uno hace de baluarte cuando la otra acepta ponerse los hábitos del espantajo, lo que permite al primero presentarse como garante de las libertades y de los valores humanos. Si es preciso, como ocurre hoy en los preparativos para las elecciones europeas, Macron se dedica a ensanchar artificialmente la supuesta diferencia entre los partidarios de la democracia liberal y la democracia iliberal del estilo de Orbán, para que la gente crea más fácilmente que la Unión Europea se sitúa como tal en el lado de la democracia liberal.

Sin embargo, tal vez no se haya percibido suficientemente el estilo populista de Macron, quien ha podido parecer una simple mascarada por parte de un puro producto de la élite política y financiera francesa. La denuncia del viejo mundo de los partidos, el rechazo del sistema, la evocación ritual del pueblo de Francia, todo esto era quizá suficientemente superficial, o incluso grotesco, pero no por ello ha dejado de hacer gala del empleo de un método característico, precisamente, del nuevo neoliberalismo, el de la recuperación de la cólera contra el sistema neoliberal. No obstante, el macronismo no tenía el espacio político para tocar esta música durante mucho tiempo. Pronto se reveló como lo que era y lo que hacía.

En línea con los gobiernos franceses precedentes, pero de manera más declarada o menos vergonzante, Macron asocia al nombre de Europa la violencia económica más cruda y más cínica contra la gente asalariada, pensionista, funcionaria y la asistida, así como la violencia policial más sistemática contra las manifestaciones de oponentes, como se vio, en particular, en Notre-Dame-des-Landes y contra las personas migrantes. Todas las manifestaciones sindicales o estudiantiles, incluso las más pacíficas, son reprimidas sistemáticamente por una policía pertrechada hasta los dientes, cuyas nuevas maniobras y técnicas de fuerza están pensadas para aterrorizar a quienes se manifiestan e intimidar al resto de la población.

El caso de Macron está entre los más interesantes para completar el retrato del nuevo neoliberalismo. Llevando más lejos todavía la identificación del Estado con la empresa privada, hasta el punto de pretender hacer de Francia una start-up nation, no cesa de centralizar el poder en sus manos y llega incluso a promover un cambio constitucional que convalidará el debilitamiento del Parlamento en nombre de la eficacia. La diferencia con Sarkozy en este punto salta a la vista: mientras que este último se explayaba en declaraciones provocadoras, al tiempo que afectaba un estilo relajado en el ejercicio de su función, Macron pretende devolver todo su lustre y toda su solemnidad a la función presidencial. De este modo conjuga un despotismo de empresa con la subyugación de las instituciones de la democracia representativa en beneficio exclusivo del poder ejecutivo. Se ha hablado con razón de bonapartismo para caracterizarle, no solo por la manera en cómo tomó el poder acabando con los viejos partidos gubernamentales, sino también a causa de su desprecio manifiesto por todos los contrapoderes. La novedad que ha introducido en esta antigua tradición bonapartista es justamente una verdadera gobernanza de empresa. El macronismo es un bonapartismo empresarial.

El aspecto autoritario y vertical de su modo de gobierno encaja perfectamente en el marco de un nuevo neoliberalismo más violento y agresivo, a imagen y semejanza de la guerra librada contra los enemigos de la seguridad nacional. ¿Acaso una de las medidas más emblemáticas de Macron no ha sido la inclusión en la ley ordinaria, en octubre de 2017, de disposiciones excepcionales del estado de emergencia declarado tras los atentados de noviembre de 2015?

La aplicación de la ley en contra de la democracia

No cabe descartar que se produzca en Occidente un momento polanyiano, es decir, una solución verdaderamente fascista, tanto en el centro como en la periferia, sobre todo si se produce una nueva crisis de la amplitud de la de 2008. El acceso al poder de la extrema derecha en Italia es un toque de advertencia suplementario. Mientras tanto, en este momento que prevalece hasta nueva orden, estamos asistiendo a una exacerbación del neoliberalismo, que conjuga la mayor libertad del capital con ataques cada vez más profundos contra la democracia liberal-social, tanto en el ámbito económico y social como en el terreno judicial y policial. ¿Hay que contentarse con retomar el tópico crítico de que el estado de excepción se ha convertido en regla?

Al argumento de origen schmittiano del estado de excepción permanente, retomado por Giorgio Agamben, que supone una suspensión pura y simple del Estado de derecho, debemos oponer los hechos observables: el nuevo gobierno neoliberal se implanta y cristaliza con la promulgación de medidas de guerra económica y policial. Dado que las crisis sociales, económicas y políticas son permanentes, corresponde a la legislación establecer las reglas válidas de forma permanente que permitan a los gobiernos responder a ellas en todo momento e incluso prevenirlas. De este modo, las crisis y urgencias han permitido el nacimiento de lo que Harcourt denomina un “nuevo estado de legalidad”, que legaliza lo que hasta ahora no eran más que medidas de emergencia o respuestas coyunturales de política económica o social. Más que con un estado de excepción que opone reglas y excepciones, nos las tenemos que ver con una transformación progresiva y harto sutil del Estado de derecho, que ha incorporado a su legislación la situación de doble guerra económica y policial a la que nos han conducido los gobiernos.

A decir verdad, los gobernantes no están totalmente desprovistos para legitimar intelectualmente semejante transformación. La doctrina neoliberal ya había elaborado el principio de esta concepción del Estado de derecho. Así, Hayek subordinaba explícitamente el Estado de derecho a la ley: según él, la ley no designa cualquier norma, sino exclusivamente el tipo de reglas de conducta que son aplicables a todas las personas por igual, incluidos los personajes públicos. Lo que caracteriza propiamente a la ley es, por tanto, la universalidad formal, que excluye toda forma de excepción. Por consiguiente, el verdadero Estado de derecho es el Estado de derecho material (materieller Rechtsstaat), que requiere de la acción del Estado la sumisión a una norma aplicable a todas las personas en virtud de su carácter formal. No basta con que una acción del Estado esté autorizada por la legalidad vigente, al margen de la clase de normas de las que se deriva. En otras palabras, se trata de crear no un sistema de excepción, sino más bien un sistema de normas que prohíba la excepción. Y dado que la guerra económica y policial no tiene fin y reclama cada vez más medidas de coerción, el sistema de leyes que legalizan las medidas de guerra económica y policial ha de extenderse por fuerza más allá de toda limitación.

Por decirlo de otra manera, ya no hay freno al ejercicio del poder neoliberal por medio de la ley, en la misma medida que la ley se ha convertido en el instrumento privilegiado de la lucha del neoliberalismo contra la democracia. El Estado de derecho no está siendo abolido desde fuera, sino destruido desde dentro para hacer de él un arma de guerra contra la población y al servicio de los dominantes. El proyecto de ley de Macron sobre la reforma de las pensiones es, a este respecto, ejemplar: de conformidad con la exigencia de universalidad formal, su principio es que un euro cotizado otorga exactamente el mismo derecho a todos, sea cual sea su condición social. En virtud de este principio está prohibido, por tanto, tener en cuenta la penosidad de las condiciones de trabajo en el cálculo de la cuantía de la pensión. También en esta cuestión salta a la vista la diferencia entre Sarkozy y Macron: mientras que el primero hizo aprobar una ley tras otra sin que les siguieran sendos decretos de aplicación, el segundo se preocupa mucho de la aplicación de las leyes.

Ahí se sitúa la diferencia entre reformar y transformar, tan cara a Macron: la transformación neoliberal de la sociedad requiere la continuidad de la aplicación en el tiempo y no puede contentarse con los efectos del anuncio sin más. Además, este modo de proceder comporta una ventaja inapreciable: una vez aprobada una ley, los gobiernos pueden esquivar su parte de responsabilidad so pretexto de que se limitan a aplicar la ley. En el fondo, el nuevo neoliberalismo es la continuación de lo antiguo en clave peor. El marco normativo global que inserta a individuos e instituciones dentro de una lógica de guerra implacable se refuerza cada vez más y acaba progresivamente con la capacidad de resistencia, desactivando lo colectivo. Esta naturaleza antidemocrática del sistema neoliberal explica en gran parte la espiral sin fin de la crisis y la aceleración ante nuestros ojos del proceso de desdemocratización, por el cual la democracia se vacía de su sustancia sin que se suprima formalmente.
Pierre Dardot es filósofo y Christian Laval es sociólogo. Ambos son coautores, entre otras obras, de La nueva razón del mundo Común

Traducción: viento sur
 Referencias

Gentile, Emilio (2004) Fascismo: historia e interpretación. Madrid: Alianza.

Harcourt, Bernard E. (2018) The Counterrevolution, How Our Government Went to War against its Own Citizens. Nueva York: Basic Books.

Kuttner, Robert (2018) Can democracy survive Global Capitalism? Nueva York/Londres: WW. Norton & Company.

Paxton, Robert O. (2009) Anatomía del fascismo. Madrid: Capitán Swing.

Roth, Philip (2005) La conjura contra América. Barcelona: Mondadori.

Notas:

1/ Prefacio a la traducción en inglés, publicada por la editorial Verso, de La pesadilla que no acaba nunca (Gedisa, 2017), obra publicada originalmente por La Découverte, París, en 2016.

2/ Éric Fassin, “Le moment néofasciste du néolibéralisme”, Mediapart, 29 de junio de 2018, https://blogs.mediapart.fr/eric-fassin/blog/290618/le-moment-neofasciste-du-neoliberalisme .

3/ Henry Giroux, Neoliberal Fascism and the Echoes of Historyhttps://www.truthdig.com/articles/neoliberal-fascism-and-the-echoes-of-history/ , 08/09/2018.

4/ Robert O. Paxton, “Le régime de Trump est une ploutocratie”, Le Monde, 6 de marzo de 2017.


Fuente: http://contrahegemoniaweb.com.ar/anatomia-del-nuevo-neoliberalismo

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