A recordar

16 de septiembre de 2019

Ecologismo popular vs. gobiernos e intelectuales progresistas

Extractivismo y
dialéctica de la dependencia.
26 de agosto de 2017
Nos dice Horacio Machado Araoz en este particular y rico  análisis de Ecología Política Latinoamericana:(...)
(...)Ecologismo popular y 
radicalización de la praxis revolucionaria
 
“El cambio supone una subversión gradual de las necesidades existentes, es decir, un cambio en los mismos individuos, de manera que, en los propios individuos, su interés por la satisfacción compensatoria ceda ante las necesidades emancipatorias. (…)) Evidentemente, la satisfacción de estas necesidades emancipatorias es incompatible con las sociedades establecidas de estados capitalistas y estados socialistas”. (Herbert Marcuse, 1979).
“Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias, a las generaciones venideras”. (Karl Marx, 1867).
Las gravosas e insoslayables consecuencias económicas, políticas y culturales del extractivismo sobre nuestras sociedades, es lo que desde un amplio y diverso conjunto de actores (no sólo intelectuales, investigadores, sino movimientos sociales, pueblos originarios, comunidades campesinas, organizaciones sociales de base comunitaria, colectivos asamblearios nucleados en torno al ecologismo popular) hemos venido tan insistente como infructuosamente planteando al interior de estos procesos políticos en nuestra región. Nuestras luchas contra el extractivismo no procuraban “hacerle el juego a la derecha”, ni erosionar la base de sustentabilidad económica y política de los gobiernos progresistas, sino al contrario. En todo caso, buscaron siempre mantener claridad en el sentido y el rumbo de la práctica revolucionaria.
 
El oficialismo de izquierda, en particular los “intelectuales orgánicos” que se abroquelaron acríticamente detrás de una defensa impermeable de esos gobiernos, hoy en su ocaso, desconsideraron absolutamente esas advertencias. Por negligencia o conveniencia, con soberbia y/o necedad, ignoraron sistemáticamente los planteos provenientes de los movimientos del ecologismo popular; muchas veces con mala fe, los asimilaron a los planteos del ambientalismo nórdico. Desde la oficialidad del poder, se apropiaron del nuevo lenguaje emancipatorio arduamente construido desde las luchas: el Buen Vivir o Sumaj Kawsay, Plurinacionalidad, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes, Socialismo del Siglo XXI. Lo usaron, sin embargo, como una nueva retórica para solapar el viejo imaginario (colonial y políticamente perimido) del desarrollismo “nacional y popular”, centrado en un “Estado fuerte” que “controla al mercado” y comanda el proceso de “crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza”. Lo que nació como expresión de un nuevo paradigma civilizatorio radicalmente post-capitalista, descolonial, despatriarcal y ecologista, fue sencillamente banalizado y vaciado de contenido.
Hasta hoy en día, esa izquierda oficialista sigue mostrándose completamente ciega ante el extractivismo y su dialéctica de la dependencia. No sólo no entienden la relevancia, gravedad y urgencia de la problemática ecológica, sino que tampoco entienden, al parecer, que el extractivismo no es sólo un problema regional, sino global; no es sólo “ambiental”, sino civilizatorio. Como muestra dolorosamente la coyuntura crítica de la sociedad venezolana (la de América Latina toda, pero también la dramática situación del planeta en general), el problema del extractivismo no es “sólo” la cuestión de la devastación ecológica de ciertos territorios, sino, en el fondo, la cuestión de raíz de la depredación capitalista del mundo de la vida como tal.
La lección histórica que nos deja este amargo fin de ciclo, es que, de una vez por todas, deberíamos ya definitivamente desafiliarnos de la religión colonial del “progreso”, despejar de nuestro imaginario la ilusión fetichista de que sería posible desacoplar el engranaje de la producción (capitalista de riqueza) del de la devastación (de las fuentes y formas de Vida). Pues, en plena Era del Capitaloceno, en la que nos hallamos, está a la vista que ambos mecanismos forman parte inseparable del mismo “molino satánico”. El aprendizaje histórico que deberíamos ser capaces de hacer de la frustrada experiencia del “ciclo progresista” es que el (neo)desarrollismo de ninguna manera es una alternativa válida para nuestros pueblos; lejos de ser una vía siquiera ‘transitoria’ hacia el “socialismos del Siglo XXI”, fue un atajo que nos hundió aún más en las condiciones estructurales de subalternidad y súper-explotación propias de nuestra posición colonial-periférico-dependiente dentro del capitalismo global.
No se trata de una cuestión de “reforma” o “revolución”. No es que los cambios “iban bien”, pero que faltó “seguir avanzando” en la misma dirección. Se trata de tomar nota de que la política de “crecimiento con inclusión social” no sólo no alcanza como horizonte político de cambio social revolucionario, sino que en realidad es una política completamente errada e históricamente perimida, si a lo que aspiramos es a un verdadero proceso de emancipación social. Un programa político basado en la pretensión de la satisfacción (así sea “para todos y todas”) de las necesidades existentes, es como tal un programa reaccionario, que inhibe de raíz la posibilidad de imaginar y avanzar en la dirección de los cambios que precisamos realizar. El sistema justamente nos constituye como sujetos-sujetados a su reproducción a partir de la estructuración misma de las necesidades (y la colonización de los deseos): las necesidades existentes son, en realidad, las que el sistema necesita para su reproducción; son, por tanto, un aspecto clave de lo que precisamos cambiar.
 
Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.

El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de  las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.

Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.

Si a mediados del siglo XIX podría haber sido todavía comprensible, la ceguera ante la crucial cuestión ecológica de fuerzas sociales que se dicen revolucionarias, anti-capitalistas, resulta, en el siglo XXI, lisa y llanamente inadmisible. La crisis ecológica, las desigualdades e injusticias socioambientales, los impactos tóxicos y destructivos del industrialismo, el urbanocentrismo, el patrón energético moderno, la producción a gran escala y el consumismo (no sólo sobre los ecosistemas, sino sobre la condición humana), no pueden no estar en la agenda de un programa que se proponga seriamente la construcción del socialismo del siglo XXI. Como lo dijera el comandante Chávez, la construcción del socialismo es, en este siglo, “razón de vida”.

El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. 

La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.

Hay que tomar seriamente -en términos políticos y epistémicos- que estamos viviendo los momentos extremos de la Era del Capitaloceno (Altvater, 2014; Moore, 2003), una era signada por las huellas prácticamente irreversibles que la destructividad intrínseca del capitalismo ha impreso sobre la Biósfera, la Madre Tierra. Justamente por ello, el sentido de la acción política y el cambio social que como especie, como comunidad biológica, asumamos, signará decisivamente nuestras posibilidades de sobrevivencia, o no. Ese es el escenario en el que nos hallamos. 

No se trata de ‘catastrofismo’, sino del más crudo realismo. Como lo advierte Donna Haraway (2016), el Capitaloceno no es una “nueva” era geológica, otro horizonte espacio-temporal de larga duración; al contrario, el Capitaloceno designa un “evento límite”, es decir, un momento de la historia de la Tierra cuyos presupuestos y condiciones ecológicas y políticas lo hacen inviable: o se transforman esos presupuestos, o se extingue.

La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, es así crucial para la sobrevivencia de la especie. Por eso mismo, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como ‘cambio de políticas/políticas redistributivas’, ‘cambio de gobierno’ o ‘toma del Estado’, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio. Es decir, el escenario del Capitaloceno, la posibilidad cierta de un colapso terminal de las condiciones ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta como consecuencia de la huella ecológica provocada por el capitalismo, nos desafía a pensar el cambio revolucionario completamente en otra escala; una escala espacio-temporal mucho más amplia que la que hasta ahora se ha considerado

Necesitamos pensar la revolución como un cambio de Era Geológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica.
Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria que nos saque de la era insostenible del Capitaloceno. El ecologismo popular -los sujetos y movimientos sociales que lo encarnan- se toma seriamente este desafío; piensan/pensamos la revolución como cambio sociometabólico, como una radical transición socioecológica hacia un absolutamente nuevo modo de producción social (de la vida), que supone y requiere no apenas “oponernos al neoliberalismo” sino deconstruir de raíz las formas elementales del capital.
En este punto, hallamos la convergencia fundamental entre el chavismo y el ecologismo popular. Si algo precisamos rescatar y recuperar del movimiento bolivariano, si en algo reside su originalidad, su pertinencia histórica y su potencia revolucionaria, es en la centralidad que se le ha querido dar a las comunas como nuevas bases ecobiopolíticas y unidades de producción de la vida social. Eso que ha sido su gran aporte histórico, ha sido también -hoy lo podemos ver con claridad- su límite y su contradicción: construir el socialismo comunal ha quedado sólo como una expresión de deseos. El chavismo en el gobierno siguió el camino de la “siembra del petróleo”, en lugar del sendero alter-civilizatorio de la comunalización. Lejos de favorecer la germinación del poder popular, esa siembra de petróleo lo intoxicó y lo fue asfixiando cada vez más.
En las horas aciagas que corren, sería de gran utilidad volver y juntar fuerzas en torno a ese proyecto político que fue truncado. “Comuna o nada” es un lema que resume el legado perenne del comandante Chávez y es también un principio elemental clave para orientar el cambio revolucionario, la transición socioecológica hacia una nueva era Civilizatoria y Geológica.
Comunalizar es el verbo donde convergen el chavismo y el ecologismo popular como fuerzas sociales revolucionarias; es lo que tenemos en común, como horizonte guía y aspiración transformadora. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Avanzar hacia un socialismo comunal no implica un “Estado comunal”, sino la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar es des-privatizar y desmercantilizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios. No basta con suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”; tenemos que suprimirla de la faz de la tierra; hacer que llegue el día en el que “la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados” sea un absurdo inaceptable.
Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra; es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.
Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica. Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.
En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte  utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana” (Marx, 1981: 1045).
Claro, somos conscientes de que el giro sociometabólico del que hablamos como medio y proceso revolucionario, constituye un desafío ideológico, existencial y emocional no apenas para la derecha, sino también para amplios sectores que se consideran de “izquierda”; claramente es así para la izquierda oficialista. Todavía estos sectores siguen anclados en el socialismo (realmente in-existente) del siglo pasado: concibiendo la revolución como “desarrollo de las fuerzas productivas”, creyendo que el imperativo de la liberación pasa por “industrializarnos”, “crear puestos de trabajo”, “aumentar salarios”, construir más carreteras” y “ampliar las políticas sociales”.

Esos sectores, esa izquierda no percibe aún “los límites de la civilización industrial” (Lander, 1996); no puede ver más allá del muro mental de la colonialidad progresista. Justamente, no pueden ver que más allá de esos muros, hay mucha comunalidad viviente; personas, organizaciones, comunidades enteras que no demandan más asfalto ni quieren “progresar”,  que no sueñan con “salir de shopping” ni luchan por el aumento de su “poder adquisitivo”… Sujetos colectivos que, por el contrario, se hallan movilizados por la defensa de sus territorios, congregados por los desafíos de la gestión autonómica de la vida en común, por la producción de la soberanía alimentaria, por la justicia hídrica, la democratización y sostenibilidad energética.

Esos sujetos -tenemos la esperanza y la convicción- son quienes que están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo.
Bibliografía:
Acosta, Alberto (2009). “La maldición de la abundancia”, CEP, Ed. Abya Yala, Quito.
Altvater, Elmar (2014). “El Capital y el Capitaloceno”. En “Mundo Siglo XXI”, revista del CIECAS-IPN, N° 33, Vol. IX.
Haraway, Donna (2016). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Criticos Animales, Año III, Vol. I.
Lander, Edgardo (1996). “El límite de la civilización industrial. Perspectivas latinoamericanas en torno al posdesarrollo”. FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas.
Marcuse, Herbert [1979] (1993). “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. Revista Ecología Política N° 5. Icaria, Barcelona.
Marini, Ruy Mauro (1974). “Subdesarrollo y revolución”. Ediciones Era, México.
Marx, Karl [1867] (1981). “El Capital”. Siglo XXI, México.
Moore, Jason (2003). “Capitalism as World-Ecology: Braudel and Marx on Environmental History”. Organization & Environment 16/4 (December).
Pérez Alfonzo, Juan Pablo [1979] (2009). “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Fund. Editorial El perro y la rana, Caracas.
Polany, Karl [1949] (2003). “La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”. Fondo de Cultura Económica, México.
Santos, Milton (1996). “De la totalidad al lugar”. Tau, Barcelona.
Svmpa, Maristella (2013). “Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina”. Revista Nueva Sociedad N° 244.
Terán Mantovani, Emiliano (2014). “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas.
1[1] Decimos “mal llamado y peor entendido” porque generalmente se ha empleado el concepto de extractivismo para referir a un sector, un tipo de actividades y/o una fase de los procesos económicos; a lo sumo, se lo ha usado para caracterizar a economías específicas (locales, nacionales o regionales) basadas en la sobre-explotación exportadora de materias primas. Eso es ver apenas una parte del fenómeno, lo que es lo mismo que no entender el problema como tal, que, a nuestro juicio, tiene que ver con la dinámica geometabólica del capitalismo como economía-mundo.
2[1] Cita extraída de Emiliano Terán Mantovani, “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas: 2014.
3[1] Esa expresión remite a una nota publicada por Arturo Uslar Pietri en el periódico “Ahora” en 1936 y que, desde entonces, se ha convertido en una pieza emblemática de una visión nacional-desarrollista basada en la idea de invertir la efímera renta petrolera en la gestación de otros sectores productivos más sostenibles. Un fragmento de dicha nota dice: “Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.” (Arturo Uslar Pietri, “Sembrar el petróleo”, 14 de julio de 1936). Al día de hoy, el lema de PDVSA y el título del Boletín oficial es “Siembra petrolera…. Cosechando Patria”.
4[1] Las exportaciones petroleras venezolanas pasaron del 65 % en 1998 al 96 % en el año 2014.
Para bajar en pdf para imprimir haga click aqui: extraxtivismo y dependencia (328)
    
    

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No hay "grieta" en extractivismos que afianzan condición periférica, dependiente, colonial

Extractivismo y
dialéctica de la dependencia.
26 de agosto de 2017
 
 
Nos dice Horacio Machado Araoz en este particular y rico  análisis de Ecología Política Latinoamericana:

(...)Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina. 

Sencillamente, porque el extractivismo no es una característica pasajera de una economía nacional, sino que da cuenta de una función geometabólica del capital, fundamental e imprescindible para el sostenimiento continuo y sistemático de la acumulación a escala global.

“Extractivismo” no se circunscribe a las economías primario-exportadoras, sino que refiere a esa matriz de relacionamiento histórico estructural que el capitalismo como sistema-mundo ha urdido desde sus orígenes entre las economías imperiales y “sus” colonias; se trata de ese vínculo ecológico-geográfico, orgánico, que “une” asimétricamente las geografías de la pura y mera extracción/expolio, con las geografías donde se concentra la disposición y el destino final de las riquezas naturales. La apropiación desigual del mundo, la concentración del poder de control y disposición de las energías vitales, primarias (Tierra/materia) y sociales (Cuerpos/trabajo), en manos de una minoría, a costa del despojo de vastas mayorías de pueblos, culturas y clases sociales, eso es lo que el extractivismo asegura y hace posible.

En definitiva, este fenómeno da cuenta de la dimensión ecológica del imperialismo, como factor fundamental y condición de posibilidad material del sostenimiento del sistema capitalista global. La economía imperial del capital ha precisado -como condición histórico-material de posibilidad- la constitución de regímenes extractivistas para poder afianzarse y expandirse hegemónicamente como sistema-mundo. Nuestro continente “nació” (fue, en realidad, violentamente incrustado al naciente sistema-mundo) como producto de un zarpazo colonial que nos constituyó, desde fines del siglo XV hasta la fecha, como una economía minera, zona de sacrificio. Desde entonces, nuestras sociedades se con-formaron bajo el formato de regímenes extractivistas, más aún incluso, a partir de las “guerras de independencia” y la constitución de nuestros países como “estados nacionales”.

Así, el extractivismo en América Latina no significa apenas un tipo de “explotación de los recursos naturales”, sino que da cuenta de todo un patrón de poder que estructura, organiza y regula la vida social en su conjunto en torno a la apropiación y explotación oligárquica (por tanto, estructuralmente violenta) de la Naturaleza toda, (incluida, esa forma especialmente compleja y frágil de la Naturaleza que son los cuerpos humanos vivientes). El extractivismo en nuestra región es la perenne marca de origen de nuestra condición colonial, que no se ha borrado sino que se ha afianzado, durante nuestra etapa ‘post-colonial’. El extractivismo ha permeado nuestra cultura, ha moldeado nuestra institucionalidad, nuestra territorialidad e ‘idiosincrasia nacional’; ha dejado su huella indeleble en la estructura de clases, en las desigualdades racistas y sexistas; en fin, en la naturaleza de los regímenes políticos, el tipo de estructura de relaciones de poder y sus modalidades de ejercicio y reproducción. En una palabra, los regímenes extractivistas son, ni más ni menos, que la base estructural de las formaciones geo-sociales (Santos, 1996) propias del capitalismo colonial-periférico-dependiente; expresan la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia.

Por eso, en todo caso, la profundización, ampliación o intensificación del extractivismo, es la profundización, ampliación e intensificación de nuestra condición periférico-dependiente, colonial, dentro del capitalismo mundial. El extractivismo funciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo; está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia. Esto significa que, en nuestras sociedades, la expansión del crecimiento económico va insoslayablemente aparejado a la profundización de la dependencia y a la intensificación de los mecanismos estructurales de expropiación. La razón progresista ha sido ciega a este elemental (y viejo) problema constitutivo de nuestras formaciones sociales.

Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities” (Svampa, 2013). Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas. La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. 


La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.
Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.
 
Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de las economías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.

Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. 

El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. 

De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente, imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.

(...)


Bibliografía:
Acosta, Alberto (2009). “La maldición de la abundancia”, CEP, Ed. Abya Yala, Quito.
Altvater, Elmar (2014). “El Capital y el Capitaloceno”. En “Mundo Siglo XXI”, revista del CIECAS-IPN, N° 33, Vol. IX.
Haraway, Donna (2016). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Criticos Animales, Año III, Vol. I.
Lander, Edgardo (1996). “El límite de la civilización industrial. Perspectivas latinoamericanas en torno al posdesarrollo”. FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas.
Marcuse, Herbert [1979] (1993). “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. Revista Ecología Política N° 5. Icaria, Barcelona.
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Moore, Jason (2003). “Capitalism as World-Ecology: Braudel and Marx on Environmental History”. Organization & Environment 16/4 (December).
Pérez Alfonzo, Juan Pablo [1979] (2009). “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Fund. Editorial El perro y la rana, Caracas.
Polany, Karl [1949] (2003). “La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”. Fondo de Cultura Económica, México.
Santos, Milton (1996). “De la totalidad al lugar”. Tau, Barcelona.
Svmpa, Maristella (2013). “Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina”. Revista Nueva Sociedad N° 244.
Terán Mantovani, Emiliano (2014). “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas.
1[1] Decimos “mal llamado y peor entendido” porque generalmente se ha empleado el concepto de extractivismo para referir a un sector, un tipo de actividades y/o una fase de los procesos económicos; a lo sumo, se lo ha usado para caracterizar a economías específicas (locales, nacionales o regionales) basadas en la sobre-explotación exportadora de materias primas. Eso es ver apenas una parte del fenómeno, lo que es lo mismo que no entender el problema como tal, que, a nuestro juicio, tiene que ver con la dinámica geometabólica del capitalismo como economía-mundo.
2[1] Cita extraída de Emiliano Terán Mantovani, “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas: 2014.
3[1] Esa expresión remite a una nota publicada por Arturo Uslar Pietri en el periódico “Ahora” en 1936 y que, desde entonces, se ha convertido en una pieza emblemática de una visión nacional-desarrollista basada en la idea de invertir la efímera renta petrolera en la gestación de otros sectores productivos más sostenibles. Un fragmento de dicha nota dice: “Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.” (Arturo Uslar Pietri, “Sembrar el petróleo”, 14 de julio de 1936). Al día de hoy, el lema de PDVSA y el título del Boletín oficial es “Siembra petrolera…. Cosechando Patria”.
4[1] Las exportaciones petroleras venezolanas pasaron del 65 % en 1998 al 96 % en el año 2014.
Para bajar en pdf para imprimir haga click aqui: extraxtivismo y dependencia (328)

    



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17 de agosto de 2019

III. Les F-F vienen a restablecer la gobernabilidad como en el 2003

 
Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Este es el fin. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

16 de agosto de 2019
Por Mariano Féliz
Pasaron las PASO. El gobierno de Mauricio Macri se convirtió en una sombra de lo que parecía. La crisis transicional se acelera bajo la presión del capital concentrado en su forma financiera mientras el pueblo enfrenta las consecuencias. ¿Podemos esperar así cuatro meses más de gobierno de Cambiemos y el FMI?
Hace poco más de un año el capitalismo argentino entraba en un ciclo de depresión profunda enmarcado en su crisis transicional. A comienzos de 2019 todavía era incierto el devenir político, no tanto el económico. No era claro si la aceleración de la crisis permitiría a Cambiemos ratificar el programa de gobierno, o sí, por el contrario, se configuraría una fuerza de oposición -dentro de los partidos del orden- que condujera el descontento social creciente dentro de los marcos del capitalismo dependiente pero desplazara a Cambiemos del control del Estado. En mayo CFK bajó su potencial candidatura presidencial y desencadenó un efecto dominó que concluyó en la conformación del Frente de Todos, fuerza política que a la postre arrasó en las PASO (primarias abiertas, simultáneas y obligatorias).
Es la economía… pero también la política
El capitalismo dependiente argentino enfrenta un problema de fondo que no encuentra solución (ver acá). La crisis política de diciembre de 2017 y el freno a la reforma laboral terminó de sellar el fin de la alternativa Cambiemita. La llegada del FMI y su programa fue como cerrar con llave y tirarla al río. Las cartas estaban echadas. El capital financiero tomaba las riendas de la crisis transicional y aceleraba el ajuste.
El resultado para la economía argentina es evidente. Hay un deterioro generalizado de todos los indicadores de reproducción exitosa del ciclo del capital: cae la producción y el empleo, cae la demanda agregada, las importaciones, el consumo y, fundamentalmente, se desploma la inversión en capital constante fijo en tanto y, a la vez que, la tasa de ganancia no se recupera.
El golpe a las condiciones de vida de las mayorías populares es evidente y atroz (ver). Sin embargo, ese deterioro no se canalizó en la forma de un estallido o niveles de resistencia social masivos y sostenidos. La política en las calles no logró romper los límites de la gobernabilidad. No pudimos atravesar la bruma de los globos amarillos o el murmullo del resistiendo con aguante.
Ganó la neutralización institucional del conflicto. En el trimestre previo a las PASO la conflictividad laboral cayó 21% interanual (ver informe ODS) a pesar de una caída salarial de 15 puntos promedio, la destrucción de cientos de miles de empleos y la caída de más de 4 millones de personas en la pobreza por ingresos.
La estrategia kirchnerista de conducir el conflicto hacia la elección de 2019 se convirtió en dominante (ver). Las demandas inmediatas de una fracción importante del pueblo trabajador, encontraron allí su expresión manifiesta en las PASO del 11 de Agosto.
PASO a paso, golpe a golpe
Las PASO expresaron el descontento general con la política económica y sus resultados. Casi de los votantes lo hicieron contra el gobierno. El espacio Cambiemos mantuvo, sin embargo, su núcleo duro: 35%-37% (entre votos directos a Juntos por el Cambio, votos a Espert, votos a Gómez Centurión). Las fuerzas de oposición dentro de los partidos del orden se expresaron en el Panperonismo (Frente de Todos y Consenso Federal) con un 55% de los votos, mientras que la izquierda sostuvo sólo su núcleo duro en torno al 3%. El golpe electoral debajo de la línea de flotación al gobierno fue tan fuerte como (in)esperable. La vuelta a la conciliación de clases, con el kirchnerismo a la cabeza (ver acá), pone en alerta a las fracciones más especulativas del capital financiero.
Lo que estamos viendo en los días inmediatos posteriores a la elección de agosto, es la corrida de esas fracciones para condicionar la transición política. Mal que le pese al gobierno cambiemita, el proceso ya comenzó. Se vienen, a priori, cuatro largos meses, intensos y convulsionados.
En el marco de la desregulación general de los movimientos del capital financiero, los principales agentes actúan para construir un camino que les garantice de mínimo una salida ordenada. Hoy ya no alcanza con una tasa de interés del 74% anual en las LELIQ ( Letras de Liquidez del Banco Central -BCRA-) para retener a buena parte de esos capitales frente a una devaluación superior a 30% en pocas horas. El Banco Central se encuentra secuestrado (por decisión política del gobierno) por el conjunto de los grandes bancos: la montaña de esas colocaciones en el BCRA es tan grande que el valor del rescate que reclaman se acrecienta día a día. El 75% de los depósitos de los bancos se encuentra aplicados a LELIQ y otras colocaciones en el Banco Central (ver).
La corrida sobre el dólar tiene costos brutales sobre el conjunto de la población. Primero, acentúa el estrangulamiento monetario que impone el BCRA en el marco de su política de emisión cero y encarece el crédito en toda la economía. Segundo, con la desregulación y dolarización general de precios, la suba del dólar impacta directamente en los precios de todas las mercancías de consumo esencial. Por último, ese incremento alimenta la incertidumbre general y, por lo tanto, desarticula la cadena de pagos y producción; un capitalismo sin precios, colapsa. Con una inflación superior al 50% anual, el riesgo inminente del descontrol cambiario es la hiperinflación.
Tiempo de descuento
El gobierno de Mauricio Macri entró en tiempo de descuento. Frente a la disolución de su poder político, el presidente decidió -como siempre- no asumir sus responsabilidades y cargar las tintas sobre la población. Nada es azaroso. En esa acción no sólo acrecienta la crisis económica, sino que acelera el proceso de dolarización general de la economía. ¿Estarán buscando esa salida? Desde el gobierno estarían negociando un crédito extraordinario de 20 mil millones de dólares con la Reserva Federal de los EE.UU., algo que podría dar sustento a esta hipótesis.
Frente al descalabro y la deslegitimación creciente del gobierno nacional, las organizaciones populares estamos frente a una nueva disyuntiva. Podemos continuar en el camino actual que nos tiene como observadorxs privilegiadxs de una crisis que cotidianamente violenta nuestras condiciones materiales de vida. Si no logramos superar los estrechos límites impuestos por el sistema político y las formas institucionales vigentes, estamos condenándonos a atravesar esta transición bajo el desgaste creciente del golpe del capital.
La alternativa es recuperar el espacio privilegiado de nuestras luchas: la calle. Exigir la renuncia inmediata de Macri y el fin del programa de ajuste del FMI. Si algo aprendimos de las jornadas de Diciembre de 2001 y el QSVT es que no podemos delegar la defensa de nuestros derechos. Sólo el Pueblo salvará al Pueblo.
                                                                                                                                                                                                                       Nota concluída el martes 13 de Agosto de 2019.
Adenda del día después: poco, tarde y mal (…)

http://contrahegemoniaweb.com.ar/este-es-el-fin-nunca-es-triste-la-verdad-lo-que-no-tiene-es-remedio

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II. Les F-F vienen a restablecer la gobernabilidad como en el 2003

ARGENTINA: LA TRANSICIÓN EN MARCHA Y EL PROCESO ELECTORAL EN CIERNES

Por Mariano Féliz

 

El 2018 fue el año de la aceleración del ajuste económico que forma parte de la crisis transicional de la economía argentina. El cierre definitivo del financiamiento internacional privado al proceso de sintonía fina del kirchnerismo + ajuste gradual del macrismo, abrió el camino al ajuste ortodoxo del Fondo Monetario Internacional (FMI). Doce meses después, y abierto el proceso electoral, la urgencia de una superación de la crisis aparece como clave en todo el debate público.

Las apuestas de los sectores dominantes

Cambiemos o la avanzada del capital sin tomar prisionerxs

Desde los sectores dominantes aparecen propuestas en dos planos principales. Cambiemos es la expresión más explícita de la radicalización del ajuste en pleno desarrollo. La propuesta de este espacio político expresa a las fracciones más “optimistas” dentro del gran capital transnacional. Su optimismo radica en la presunción de que es el momento de acelerar el proceso de reestructuración y apuestan todas sus fichas a la renovación del mandato de Macri y -sobre todo- del programa de gobierno.
Estas fracciones (entre las que se destacan capitales como el comercial-financiero Mercado Libre, el agrocapital Los Grobo o el automotriz FIAT) entienden que la crisis transicional ha sido eficaz para crear la condición básica de su resolución a su favor: la desarticulación política de la resistencia popular al ajuste. En efecto, estiman que luego de la crisis política desatada a finales de 2017, la aceleración de la crisis económica con limitadas respuestas populares masivas habrían demostrado el triunfo de la estrategia de desgaste y desilusión.

En efecto, la presión creciente de los sectores dominantes dentro del gran capital apunta a elevar la vara de las reformas pendientes. El FMI apuesta todo su capital político y económico (50% de su capital prestable está invertido en Argentina) a la radicalización del cambio estructural para reubicar al territorio nacional en la división internacional del trabajo: convertir a la Argentina en territorio para el saqueo de sus riquezas naturales y para una multiplicada superexplotación del trabajo y los cuerpos (ver nota en Zur de Junio de 2019).

Frente de Todos o el fantasma del 2001 y la necesidad de una nueva salida ordenada del caos

Dentro las fracciones políticas de los partidos del orden, el Frente de Todxs aparece como la versión conciliadora y negociadora de la economía política del capital. En una renovación de las expectativas de una alianza policlasista, la fórmula (Alberto) Fernández-(Cristina) Fernández (K) (FF) expresa el sentir de los sectores subordinados del capital. La presunción de base es la imposibilidad de una salida políticamente viable (es decir, controlada dentro de los parámetros de la reproducción capitalista) sin integrar en la alianza gobernante a un conjunto sustancial del movimiento obrero organizado. En esta interpretación, la apuesta por un capitalismo dependiente posible (“serio y con inclusión social”, dirían sus promotores) requiere un amplio acuerdo policlasista que recree el mito del neodesarrollo.

A diferencia de las fracciones hegemónicas más transnacionalizadas, ese espacio político parte de la presunción de que la crisis de fines de 2017 confirma la potencial explosión social y un mayor desorden político en ciernes. En sintonía con la estrategia de moderación (en sus inicios “resistiendo con aguante”) estas fuerzas políticas expresan el temor latente al fantasma de 2001 y la nostalgia de una salida que cobije a todas las fracciones del capital (“volvemos”).

Por eso promueven pacto social o nuevo acuerdo de ciudadanía que recree una hegemonía débil y encamine productivamente para el conjunto del capital las posibilidades de expansión. En este marco se interpretan las expresiones del equipo económico de FF en relación a congelar la distribución del ingreso y la prevención de un futuro gobierno de transición.
Los partidos del orden tienen un proyecto en común. La coincidencia de base es la necesidad de proyectar un proceso político que permita resolver la crisis transicional en curso. La diferencia sustantiva entre ambos programas está en los presupuestos en torno al posible devenir de la lucha de clases y la capacidad de sus respectivas fuerzas sociales y políticas para canalizarlas productivamente dentro de las tensiones y tendencias que imponen las transformaciones en la transición hegemónica a escala mundial.

El campo del Pueblo y la izquierda en construcción: entre la reforma y la revolución

Frente
a las opciones en el campo de los sectores dominantes, las apuestas populares se articulan en torno a cómo enfrentar la tendencia al ajuste eterno. En el campo electoral, el FIT-Unidad se ha convertido en la opción de izquierda por excelencia. Si bien está la alternativa del Nuevo MAS, el FIT-Unidad coaliga en este plano al conjunto más significativo del esfuerzo organizativo de las fuerzas populares a la izquierda del espectro político. No son estas las únicas formaciones de izquierda realmente existentes o relevantes, sino las que han ganado más volumen y visibilidad política.

En este campo, tiende a verse la crisis como una más dentro del conjunto de las crisis en el marco del capitalismo dependiente y no como una crisis transicional de la mayor importancia. De ahí que se privilegie el señalamiento del capital (y lxs capitalistas) como agentes de la crisis capitalista, poniendo en este momento el énfasis en su forma más perfecta y general en el capital financiero internacional. Frente a la prepotencia organizada del capital encarnada en el FMI, la demanda de cesación de pagos sobre la deuda pública toma preeminencia discursiva. Por el contrario, a diferencia de otros momentos políticos, la radicalidad del discurso de los sectores organizados de la izquierda no está logrando proyectar una propuesta de transición fuera del sistema del capital ni tampoco proponer de manera prefigurativa los rasgos de tal proceso de radicalización social.

El debate en la izquierda no está logrando configurar un proceso de politización que supere el crecimiento cuantitativo de las fuerzas de izquierda en los espacios parlamentarios. En contraposición a los partidos del orden, correctamente ponemos el énfasis en las responsabilidades sociales de la crisis (les capitalistas que deben ‘pagarla’). Sin embargo, la práctica política colectiva en la izquierda en construcción (en pero -sobre todo- más allá de las actuales formaciones dominantes en el contexto electoral) no consigue incorporar con claridad los debates y prácticas que surgen de las luchas concretas en las fronteras sobre las que el capital avanza: entre otras, las luchas contra el extractivismo y el saqueo, las luchas del sindicalismo de base clasista, y en especial las luchas del movimiento feminista.

Estas últimas son clave pues ponen el eje en el núcleo de la avanzada del capitalismo contemporáneo en particular en territorios dependientes: la transición en ciernes tiene como núcleo la transformación de los límites del capital, en particular los límites entre trabajo productivo y reproductivo (y de cuidados). La reubicación del territorio argentino como nuevo campo de explotación por parte del capital transnacional supone el avance sobre los territorios ancestrales indígenas, la precarización creciente de la reproducción de la vida en las comunidades urbanas, la crisis de la reproducción y los cuidados (en salud, educación, seguridad social, violencia social), la privatización e individualización de la vida y la flexibilización extrema de las relaciones laborales. Ese es el programa de Mercado Libre, Los Grobo y FIAT, en y más allá del FMI: construir una subjetividad social fracturada e impotente (
ver más).

El presupuesto de la izquierda en lucha es la capacidad del Pueblo de organizarse y luchar para enfrentar al capital en sus manifestaciones más inmediatas y fundamentales. Asumimos que el espíritu del 2001 está latente, dispuesto a regresar; Diciembre de 2017 nos lo recordó. A diferencia de la fuerzas sociales en torno al Frente de Todxs, desde la izquierda creemos que es justamente esa potencia inmanente la que debe desplegarse para salir del abismo actual.

La resistencia popular organizada es la base de la posibilidad de construir un proceso de superación de este sistema de muerte. La clave del problema es cómo articular las luchas realmente existentes en un proyecto político de izquierdas que ponga en el centro de sus demandas -nuevamente- la construcción de otra forma societal. La pregunta que debemos responder es si estamos dispuestxs a radicalizar nuestra praxis política, revolucionar nuestra organización. Si logramos abrir el campo de la política a quienes están en el centro de las luchas por la vida y contra la muerte que propone el capital, tenemos posibilidades de masificar el campo del cambio social. Si organizativamente permitimos que sean estos debates los que articulen nuestra práctica, estaremos en mejores condiciones de crear un futuro más libre y justo para todes.
 
 *Economista. Profesor de la Universidad Nacional de La Plata. Investigador del CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP. Integrante de la Sociedad de Economía Crítica.
http://zur.org.uy/content/argentina-la-transici%C3%B3n-en-marcha-y-el-proceso-electoral-en-ciernes
 


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