12 de septiembre de 2015

II. Recordemos al Chile de los setenta para constatar que la derechización del progresismo e izquierdas K no era inevitable.


A 50 años de su fundación
Legado y presente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)
3 de septiembre de 2015

Por Frank Gaudichaud (El Desconcierto)
Hace 50 años nacía el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fuerza política revolucionaria que marcó la historia de la izquierda chilena y latinoamericana. Franck Gaudichaud nos propone aquí una breve introducción a esta historia –todavía en construcción– y conversa del tema con el historiador de la universidad de Santiago (USACH) Igor Goicovic Donoso, especialista de los temas de violencia política y exmilitante del MIR en los años 80 [ii] .
  
El 5 de octubre de 1974, Miguel Enríquez secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)– era asesinado durante un combate desigual, calle Santa Fe en Santiago de Chile, que lo opuso a los servicios secretos de la dictadura del general Pinochet. En 2014, 40 años después, en la capital chilena como en el resto del país, fueron organizados por diversos colectivos políticos, organizaciones y revistas (como el quincenal Punto Final [iii] 

conmemoraciones, presentaciones de libros o reuniones, no sólo para recordar al líder político que fue Miguel, sino también en nombre de todas las personas que resistieron y lucharon contra la Junta y murieron por haber intentado transformar Chile en una perspectiva socialista. Hoy los 50 años de la fundación de esta organización política revolucionaria también dieron lugar a varias actividades públicas en Santiago, así como en varias regiones, especialmente en Concepción [iv] . Por cierto, no sin provocar reacciones indignadas de los medios de comunicación conservadores y de varios representantes de la derecha (y expartidarios de la dictadura de Pinochet) frente a lo que consideran como apología de "un grupo que promovió la lucha subversiva armada en la historia de Chile" y que por lo tanto no debería ser –según ellos- objeto de foros, debates y seminarios en espacios públicos de la capital [v].

El MIR nace el 15 de agosto de 1965 de la confluencia de varias pequeñas corrientes de la izquierda crítica (trotskistas, guevaristas, cristianos radicales, exsocialistas o comunistas) que se oponían entonces al parlamentarismo y al legalismo de la mayoría de la izquierda (en particular al PC chileno) y aspiraban a construir una organización revolucionario marxista, en ruptura con toda táctica electoral y el Estado. Los tiempos están marcados por la Guerra Fría, las luchas antiimperialistas del Tercer Mundo y especialmente en América Latina, por el impacto continental de la revolución cubana, así como por los debates en torno a la lucha armada (versus vía institucional). En sus textos fundadores, el análisis MIR difiere de la izquierda marxista tradicional chilena. La organización hace hincapié en el carácter desigual y combinado del desarrollo capitalista dependiente del país, rechaza la ilusión que supone aliarse -como lo propone el PC- a una inexistente burguesía "nacional" o incluso en seguir una táctica de "revolución por etapas" pacífica y legalista. Los miristas piensan que el proceso revolucionario debe ser ininterrumpido, permitir la alianza de la clase obrera, de los trabajadores, con los "pobres de la ciudad y del campo" y que es esencial destruir violentamente el aparato del Estado burgués, defendiéndose en paralelo de las embestidas del imperialismo. El MIR se construye según criterios leninistas en términos de "centralismo democrático" y se considera una "vanguardia revolucionaria" al servicio del pueblo chileno y también de la revolución latinoamericana, cultivando una visión claramente internacionalista y "nuestramericana". El primer congreso aprobará un documento titulado "A la conquista del poder por la vía insurreccional", que reivindica la lucha armada y la guerra popular prolongada como medio legítimo del movimiento revolucionario, “tesis político-militares" que fueron validadas durante los debates nacionales posteriores.

A partir del tercer Congreso (1967), una nueva generación, en parte proveniente del medio estudiantil de la ciudad de Concepción, toma el control de la dirección, encabezada por un brillante estudiante de medicina (exmilitante del PS), Miguel Enríquez, y también por su hermano Edgardo o Bautista van Schouwen, Sergio Pérez y Ricardo Ruz (entre otros). Estos jóvenes militantes terminan en estos años por apartar (e incluso expulsar en 1969) a la mayoría de los antiguos líderes sindicales y a la oposición trotskista (incluyendo al historiador Luis Vitale, al líder sindical Humberto Valenzuela o a Oscar Waiss que regresa al PS) considerados “un lastre” (sic) para el desarrollo del partido. El MIR reorienta la organización hacia una perspectiva estratégica "castro-guevarista": algunas acciones espectaculares y "expropiaciones" de fondos bancarios obligan a sus militantes a pasar a la clandestinidad. Con la elección de Salvador Allende en 1970 y el retorno a la legalidad (gracias a una amnistía presidencial), el MIR -a pesar de constituir una organización de sólo algunos miles de militantes- se convierte en una de las principales organizaciones de la izquierda revolucionaria extraparlamentaria, con una repercusión no menor dentro del movimiento popular, o por lo menos de sus franjas más politizadas.

La época del gobierno de la Unidad Popular, coalición de izquierda articulada en torno al PC y el PS, es evaluada por la dirección mirista como un periodo "prerrevolucionario", pero la apuesta allendista "de una vía chilena al socialismo", institucional, sin armas, respetuosa de la Constitución y de las Fuerzas Armadas es severamente denunciada como ilusoria. El Gobierno es analizado como democrático, popular y antiimperialista pero"dominado por el reformismo obrero y pequeñoburgués". Sin embargo, el MIR apoya consecuentemente y de manera crítica todas las medidas más avanzadas del Gobierno, medidas que aparecen a la luz de hoy día como radicales: nacionalización de las minas de cobre en manos de los Estados Unidos, estatización del 90 % del sistema bancario y de numerosas empresas “monopólicas”, profundización de la reforma agraria, aumentos sustanciales en los salarios básicos, política exterior antiimperialista "no alineada", etc. La organización busca así radicalizar a las fracciones más rupturistas de la Unidad Popular (el ala izquierda del PS y la Izquierda Cristiana en particular), suspende sus operaciones armadas e incluso pone parte de su aparato al servicio de la seguridad del presidente Allende (con la creación del GAP, “grupo de los amigos del presidente”, servicio de seguridad personal). Durante estos mil días que marcaron para siempre la memoria colectiva del pueblo chileno y de la izquierda mundial [vi] , la organización del MIR, muy vertical, compartimentada y vertebrada en torno de grupos político-militares (GPM), entra cada vez más en tensión con la dinámica real de la lucha de clases y las formas más horizontales del poder popular naciente, tales como los "cordones industriales" (sobre todo a partir de 1972).

Muchos son los militantes y simpatizantes que experimentan esta contradicción entre la organización rígida y su militancia diaria en un movimiento popular en plena ebullición, contradicción vivida como un claro obstáculo al desarrollo del partido y a la creación de los “comandos comunales" de trabajadores, estudiantes y campesinos, perspectiva reivindicada con fuerza por el MIR desde 1972 [vii] . No obstante, el movimiento, que reúne entre 10.000 y 15.000 militantes en 1972, influencia a decenas de miles de miembros activos del movimiento popular a través de los "frentes intermedios" y de “masas”. Esto a pesar de una difícil inserción en los sectores más estructurados y centrales del movimiento obrero, ampliamente organizados por el PS, los comunistas y la Democracia Cristiana. Logra un desarrollo notable en los sectores pobres urbanos (los pobladores), estudiantil e incluso campesino (como en Cautín), favoreciendo la organización “desde abajo” y en clave revolucionaria, rechazando los compromisos institucionales.
Después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, el MIR es una de las primeras organizaciones que entra en resistencia y que anuncia con valentía, audacia y fuerza ética: "¡el MIR no se asila!". Frente a una dictadura cívico-militar feroz e implacable, estos militantes intentan desplegar, en condiciones muy difíciles, su estrategia de "guerra popular prolongada" y el derecho legítimo a la insurrección armada frente a la tiranía [viii] . Después del asesinato de Miguel Enríquez (octubre 1974) y de varios cuadros de la dirección clandestina en Malloco (octubre 1975), la represión, la dispersión militante, el exilio y la reorganización interna son muy dolorosas y debilitan aún más el movimiento. Andrés Pascal Allende, el nuevo Secretario General, será uno de los iniciadores de la "Operación Retorno" (a partir de 1977-1978), destinada a reintroducir en el territorio nacional a militantes del exterior, muchos de ellos jóvenes revolucionarios entrenados en Cuba, para organizar operaciones de resistencia política-militar e incluso intentos de la guerrilla, como en Neltume, en el sur (1981). Pero la dirección en el exterior mide con dificultad la realidad de las relaciones de fuerzas, tiende a subvalorar el poder de la Junta y sobrevalora las fuerza propias, sin consultar realmente a los cuadros medios que subsisten en el terreno, ni entender siempre la dinámicas de reorganización en curso dentro de las clases populares.
El costo humano de aquellos años oscuros es terrible y los resultados políticos de esta orientación siguen siendo aún sujeto de controversia entre los antiguos militantes que sobrevivieron, así como entre los historiadores actuales. Los años 1985-1987 serán los tiempos de la fragmentación final y del declive, producto de las dificultades de adaptación de la organización frente a los cambios de época, tanto a nivel nacional (negociación entre elites y transición democrática pactada) como en el plano internacional (derrumbe de los “socialismos reales", fin de la experiencia sandinista, hegemonía planetaria del neoliberalismo). Los múltiples conflictos políticos internos y disensiones humanas, la falta de democracia interna y participación en la toma de decisión, como también, evidentemente, la dimensión traumática del terrorismo de Estado (más de 600 militantes desaparecen en los centros de tortura de la dictadura o son ejecutados en la calle) acentúan y profundizan este desfase y la crisis orgánica. Esta situación lleva a la división del movimiento entre varias tendencias ("MIR Histórico" de A. Pascal Allende,"MIR político" de N. Gutiérrez y "MIR militar" del “Nacho” Aguilo): la disolución es ya efectiva en 1987, se hace “desde arriba” y sin haber podido organizar un congreso nacional.

Hoy existe una amplia “cultura mirista”, difusa, variopinta y varios pequeños colectivos y organizaciones anticapitalistas se identifican con el legado revolucionario mirista y su bandera roja y negra (tal como la Izquierda Guevarista). Algunos incluso reivindican la continuidad directa de la organización, especialmente el MIR dirigido por Demetrio Hernández y Mónica Quilodrán [ix], pero por lo general en espacios con poca influencia en el movimiento popular real. Por otra parte, algunas organizaciones de la “nueva” izquierda actual reconocen cierta filiación –pero distante y critica- con parte de este herencia revolucionaria (como es el caso de Izquierda Autónoma o de Izquierda Libertaria). Eso sin contar el uso mediático que pueda hacer de la figura de su padre, un antiguo (y ¿futuro?) candidato a la elección presidencial como Marco Enríquez Ominami, desde el centroizquierda.

Después de 4 décadas de capitalismo neoliberal desenfrenado y más de 20 años de la democratización parcial administrada con entusiasmo por los social-liberales (gobiernos de la Concertación 1990-2010), las luchas sociales han comenzado a erosionar el mito del Chile "desarrollado, moderno y estable”. Las grandes movilizaciones estudiantiles de 2011 que buscaron acabar con el legado de Pinochet en la educación, las demandas a favor de una asamblea constituyente para terminar con la Constitución autoritaria de 1980, el regreso del espectro de las luchas de los trabajadores y asalariados precarios (puertos, minas, call center, sector forestal, etc.) o la idea de una renacionalización del cobre, muestran que un nuevo período surgio. La crisis de legitimad actual del segundo Gobierno de la socialista Michele Bachelet y la integración del PC al nuevo ejecutivo de la “nueva mayoría” sobre la base de un programa de reformas que, al final, siguen siendo funcionales al sistema neoliberal, abren también el espacio a la reorganización independiente de las izquierdas y a la posible reinvención de una perspectiva anticapitalista en Chile. Es lo que destacaba en 2014 Carmen Castillo, compañera de Miguel Enríquez y quien se encontraba a su lado durante su última pelea, en calle Santa Fé [x] . Para la cineasta chilena, las luchas de las personas que cayeron bajo los golpes de la dictadura en nombre de su compromiso revolucionario aún viven en el presente y constituyen una guía esencial para pensar nuestro futuro: “la fidelidad a Miguel Enríquez se juega en el presente de nuestras vidas políticas. Con las lecciones de Miguel y del MIR en la cabeza, lúcidos y con mucho humor, revolucionarios repletos de dudas, sin fe ni certezas, apostemos desde las incertidumbres del siglo, levantando el coraje como un valor no negociable, poniendo una energía absoluta al servicio de certezas relativas, inventemos las nuevas formas de la lucha anticapitalista [xi] .

Para volver sobre esta historia militante, importante para pensar las emancipaciones en el siglo XXI ya que ha influido de manera notable los debates políticos y luchas de la izquierda revolucionaria en el siglo XX, hemos conversado con Igor Goicovic Donoso, historiador de la Universidad de Santiago (USACH), especialista en temas de violencia política y exmilitante del MIR en los años 80-90[xii] .

¿Podrías, en pocas palabras, contarnos tu experiencia personal en el MIR y de qué manera militaste en esta organización durante la Dictadura?
Mi formación inicial, más cultural que política, fue en el Partido Socialista (Almeyda). Venía de una familia socialista y de una región (la provincia de Choapa), en la cual el PS ha sido históricamente la principal fuerza política. Con esa formación llegué en 1980 a la Universidad Católica de Valparaíso. Pero a partir de 1982, mi militancia en el PS se comenzó a debilitar. Yo cuestionaba mucho que el partido no se hiciera cargo de sus definiciones políticas; entre otras, la preparación de la organización para el desarrollo de la insurrección popular de masas. A partir de ese momento comencé a apoyar las acciones que desarrollaban los compañeros del MIR a través de las Milicias de La Resistencia Popular, fundamentalmente en el ámbito de la propaganda y la agitación. Pero en 1984 fui detenido por la CNI y pasé dos años en la cárcel pública de Valparaíso. En prisión participé del colectivo de presos miristas y durante un tiempo me correspondió asumir la representación de la Organización de Presos Políticos (OPP). Al salir de prisión, me reincorporé a la universidad y se me asignaron tareas de representación pública del MIR. Fui dirigente estudiantil hasta 1988.
Durante ese período asistí a la división del partido. Si bien fui muy crítico con lo que estaba ocurriendo (consideraba que era una crisis en la dirección), me mantuve leal a la legalidad partidaria y reconocí filas en el partido que dirigía Andrés Pascal. También me correspondió asistir a la posterior fragmentación de la organización. Milité en una de las microfracciones del MIR hasta 1992. En esa oportunidad una situación represiva en el sur de Chile terminó por desbandar el grupo en el que me encontraba.

Como historiador, ¿Cuáles son las principales etapas y acontecimientos que destacarías en la trayectoria de este partido?
Yo sostengo que existen cuatro períodos fundamentales en la historia del MIR y que esos períodos dan cuenta de la existencia de cuatro partidos distintos. La primera etapa, que va de 1965 a 1967, que coincide con la etapa de formación del partido y en la cual predomina, por sobre otras, la influencia trotskista.
Una segunda etapa, que va desde el III Congreso (1967) y que se extiende hasta el enfrentamiento de Malloco (octubre de 1975). En esta etapa se asienta la influencia de la tendencia castro-guevarista, se conforma la dirección colectiva liderada por Miguel, el MIR disputa la conducción del proceso revolucionario (1970-1973) y luego asume la organización de la resistencia a la dictadura (1973-1975). Pero ese partido, a mi juicio, comienza a desaparecer con la caída en combate de Miguel (1974) y con la posterior salida de la dirección fuera del país (1975). Tras esto se produjo un desbande de la militancia (tanto en Chile como en el exilio) y muchos de esos cuadros ya no volvieron a militar en la organización.
La tercera etapa se inició a fines de 1975, con los diferentes núcleos de reconstrucción partidaria, se fortaleció con la operación retorno (1978) y se extendió con el reclutamiento de nuevos cuadros, en especial entre los jóvenes, los pobres urbanos y los trabajadores subempleados o desocupados. Y este, a mi juicio, es un nuevo partido. Es el partido de los hermanos Vergara Toledo, de Mauricio Maigret y de Aracely Romo. Este partido será, hasta 1984, el que soportará el peso de la lucha antidictatorial.
La última etapa, iniciada con la crisis interna de 1986, sorprende al MIR en una situación de extrema debilidad. Los golpes represivos han erosionado su estructura partidaria y obturado la relación del partido con el movimiento de masas. La organización se fragmentó, pero en esa misma situación se instalaron las bases de lo que hasta hoy día se conoce como “la cultura mirista”, que permea a amplios movimientos políticos y sociales.

Después de su fundación, donde participaron varias corrientes revolucionarias (libertarios, cristianos, trotskistas, socialistas), el MIR parece centrarse más en una perspectiva política-militar influenciada por la experiencia cubana: ¿Cuáles eran las ideas centrales y los ejes teóricos e ideológicos de esta organización?
Es evidente que en la tendencia liderada por Miguel existía una clara influencia ideológica, política y ética de la Revolución Cubana. Es más, se puede sostener que para esta generación de revolucionarios la Revolución Cubana fue una interpelación que exigía compromiso. Pero Miguel y esa generación de revolucionarios siempre supieron que las condiciones históricas del proceso revolucionario en Chile y en especial las condiciones de construcción de la izquierda, poseían condiciones particulares. De ahí su rechazo a la teoría del foco de Regis Debray.
Las tesis político-militares del MIR, hasta 1973, se planteaban la acumulación de fuerzas sociales, políticas y militares para el despliegue de una guerra insurreccional de masas. Es decir, el componente fundamental del diseño estratégico eran los trabajadores y el pueblo. Por ello el énfasis de la política del MIR en el ciclo más álgido de la lucha de clases (1970-1973), fue construirse como vanguardia revolucionaria, para ganar la conducción de la lucha de las masas. Sin renunciar a la acción directa. Pero ésta entendida como el despliegue de formas de lucha legales, semiilegales e ilegales, en un contexto de enfrentamiento de clases abierto. Las tomas de terrenos, las corridas de cerco, la ocupación de centros fabriles, los enfrentamientos con los grupos de choque de la derecha y la DC, la autodefensa frente a la violencia estatal, son la mejor expresión de los avances alcanzados en dicho proceso. Avances que, en todo caso, no fueron suficientes. Es necesario decirlo, el MIR no logró madurar como vanguardia revolucionaria y, en consecuencia, no logró ganar la conducción del conjunto del movimiento popular. Sólo de la franja más radicalizada del mismo.

¿Qué tipo de partido representó el MIR? Muy a menudo se dice “partido de cuadros” o de “revolucionarios profesionales”, también se subraya el verticalismo interno y los bajos niveles de democracia interna. ¿Qué opinas de esto? ¿Mirado desde hoy día, cuáles fueron sus principales dificultades o debilidades orgánicas tanto durante la UP, como en Dictadura?
Lo dije previamente: No hay un MIR. Existen, a lo menos tres MIR y una continuidad cultural. De esos tres MIR, dos son los que pueden identificarse con la trayectoria y el legado mirista. Uno es el MIR liderado por Miguel, entre 1967 y que perdura un par de años más después su muerte. Este partido puede ser nominado como un “partido de cuadros”, articulados bajo el liderazgo de un colectivo de dirección ampliamente reconocido, validado, y con un trabajo de masas importante derivado de la creación de los denominados “frentes intermedios”. Luego está el MIR que condujo las luchas de la resistencia antidictatorial, especialmente en el ciclo 1978-1984. Este segundo MIR también se autodenomina “partido de cuadros”, se ve obligado a construirse en la clandestinidad y enfrentó duras arremetidas represivas. En ese escenario, el proceso de formación de cuadros profesionales es más complejo y los déficits respecto de la generación anterior son más ostensibles. Pero, a contrapelo, el compromiso y la voluntad revolucionaria se midieron en escenarios bastante más duros que aquellos del ciclo 1970-1973.
En ambas circunstancias los requerimientos de la política contingente y el legado ideológico del “centralismo democrático”, favorecieron la construcción de un partido fuertemente centralizado donde la democracia interna era reducida. Probablemente hoy día, en el actual escenario de la lucha política y social, este modelo de organización y conducción política resulte poco apropiado. Pero el modelo leninista de partido era el disponible para los revolucionarios de los años 60, 70 y 80. Y a ese modelo de partido optamos por ingresar: nadie nos obligó… Pretender evaluar (e incluso recriminar) esas prácticas políticas con los parámetros del contexto actual me parece una deslealtad.

A 40 años de la caída de Miguel Enríquez en combate, son muchos los jóvenes que reivindican esa figura revolucionaria: ¿Qué significa ser mirista en el Chile actual o cuáles son las principales lecciones que nos lega esa generación de militantes anticapitalistas de los 70?
El legado es muy amplio y se puede observar en múltiples dimensiones: política, social, cultural, estética y ética. Me voy a detener sólo en el plano político. En él hay varios aspectos que podemos enfatizar. Por una parte el contenido programático de la propuesta del MIR: esta organización planteó para Chile, y luchó consecuentemente en ese sentido, la construcción del socialismo. Hoy día, en que las alternativas al capitalismo se configuran de manera difusa, muchos jóvenes y muchas organizaciones revolucionarias vuelven a plantear la necesidad de la construcción del socialismo. ¿Qué tipo de socialismo? No lo sabemos; pero la discusión sobre sus contenidos y orientaciones es una demanda fundamental de nuestra época. Y respecto de ello, los miristas y el programa mirista tienen aún mucho que decir.
Por otro lado, la primera generación de miristas y la que se formó después, en la lucha contra la dictadura, plantean un ejemplo político y un desafío ético. Se trata de generaciones de revolucionarios cuya generosidad y compromiso los llevó a entregar sus vidas por sus ideales, sin pedir nada a cambio. Tan lejos de la clase política contemporánea (senil o juvenil), que hace de la carrera por los cargos públicos una estrategia de enriquecimiento y poder. La estatura moral de esos revolucionarios influye, sin duda, de manera importante en la actitud política de los militantes anticapitalistas de hoy.

Por último, es necesario enfatizar el requerimiento de organización. Muchos hoy día, después de transitar los caminos de un movimientismo estéril, asumen que la organización política, la vanguardia política, constituye un elemento irremplazable en todo proceso revolucionario. Las experiencias históricas exitosas así lo demuestran (Rusia, China, Vietnam, Cuba, Nicaragua). Esa organización revolucionaria, dotada de una estrategia revolucionaria, que asuma las particularidades de la región (América Latina) y del país (Chile), debe construirse al interior de los trabajadores y el pueblo. Debe adecuarse al nuevo escenario y contexto histórico. Esa lección de dialéctica de la historia, el MIR la construyó con compromiso, coraje y abnegación.(…)

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